Haceme flaca y sin arrugas

Jorge Barón Biza | 7 de Mayo de 2000|


En la antigüedad griega, cuando el arquetipo eran los dioses, no había casi retratos. Hubo que esperar hasta los tiempos de los prácticos romanos para que, con sus emperadores mitad dioses y mitad hombres, naciera el género artístico del retrato, es decir de la imagen humana individualizada sin excesivo ideal. Después, cuando el Dios cristiano entró en escena, el retrato decayó, hasta que volvió a florecer en el Renacimiento.

El retrato es un género típico de las épocas realistas, de tiempos en los que los hombres se miran frente a frente y leen en las fisonomías todas las variedades de la virtud, los secretos de la psicología, las fuerzas del espíritu.

La situación de una persona que posa y otra que dibuja no admite fantasías: cualquier testigo puede reclamar por falta de parecido; sólo el que posa, que por lo general es también el que paga, tiene derecho a modificar su propia realidad. Como no les gusta posar, dejan una foto y, si son mujeres, una recomendación: “¡Haceme flaca y sin arrugas!”

 

Los ojos expresan todo

“Cuando uno trabaja en vivo, casi siempre entabla un diálogo y esa es la forma en que se descubre la personalidad del otro. Pero acá en Córdoba es muy difícil retratar en vivo porque la gente tiene prurito de que lo vea algún conocido o vecino. Cada 10 retratos por foto, generalmente se hace uno en vivo”.

José Briganti tiene 45 años, es autodidacta y trabaja como retratista en la peatonal desde hace 25 años.

– ¿Qué es lo primero que observa en la cara de un cliente?

– Los ojos, porque expresan todo.

Como si fuese una peluquería, el retratista entra fácilmente en conversación con un cliente: si es un joven, se entera de cómo van los estudios; si es un adulto, la charla se encamina por la política y el fútbol, pero nunca se llega a las confesiones comprometidas de peluquería porque la sesión de pose ocurre en lugares públicos y abiertos (por lo general en la peatonal) y se reúnen transeúntes. Se arma así un verdadero espectáculo, una especie de show en el que el público va dando su opinión sobre el parecido o no de la obra con el modelo.

– Cuando hice mi primer retrato en vivo delante de la gente, me fumé una etiqueta… esperaba que alguien saltase diciendo: “¡Está mal!”.

 

La reina como elefante

Cuando “su muy honorable majestad” la Reina Victoria de Inglaterra decidió estampar al comienzo de su largo reinado su perfil en las monedas inglesas, no pudo imaginar las consecuencias de esa acción. Con los años, el metal se fue desgastando y la figura, con el característico peinado de época, tomó el aspecto de una cabeza de elefante que aludía a la longevidad y pesada moral victorianas. El tiempo hizo en varias décadas lo que los caricaturistas hacen en un par de trazos.

– La caricatura es una mirada diferente- nos dice Carlos Díaz, madrileño, 49, casado, caricaturista profesional-, es una visión deformada que resalta aquellas facciones que salen de lo común. Todos tenemos un toque que nos hace diferentes y es eso lo que se amplía o disminuye. No se trata de ridiculizar a alguien, sino lograr de él una imagen simpática.

No todos tienen o tuvieron una concepción tan plácida de la caricatura. Es una de las armas clásicas de la enemistad política: los rasgos de todas nuestras personalidades públicas fueron ridiculizados de todas las maneras posibles en la prensa gráfica.

– ¿Alguna vez se ha hecho una caricatura usted mismo?

No… pero no me resultaría difícil. Tengo varias hechas por otros dibujantes y me veo muy reflejado. 

– ¿Cómo posan los cordobeses para las caricaturas?

– En Córdoba hay un poco de temor a sentarse. La gente espera hasta última hora, cuando en el centro quedan pocas personas en la calle, para que nadie los vea.

– ¿Cómo reacciona la gente cuando ve el trabajo terminado?

– He estado haciendo este trabajo en varios lugares del mundo y la reacción suele ser siempre la misma: algunos se asombran, otros se ríen, otros dicen: “¿Pero ese soy yo?”

Así como el retrato es un refuerzo de la identidad, la caricatura resulta un desafío a la identidad. De las charlas con los profesionales de estas  especialidades surgen temas y anécdotas, pero las bases por las cuales los clientes eligen hacerse un retrato son siempre las mismas: es la imagen que quedará de él cuando sea viejo o ya no esté, es el legado más personal que hacen, porque está vinculado con el propio cuerpo y el propio rostro.

 

La opinión femenina

La historia del arte registra pocas mujeres caricaturistas y muchas excelentes retratistas. El carácter femenino no se vuelca fácilmente a los estiletazos crueles de la caricatura, prefiere captar las armonías de una cara a los excesos de un rasgo. Un ejemplo de esta placidez femenina son las palabras de Sandra Almanza, soltera, 39, retratista: “Cuando posan, aflora la timidez que tiene toda persona. Hay que romper el hielo. Cuando logran entablar un diálogo ya se relajaron. Pero sólo los dejo hablar unos minutos porque si no mueven la boca y cambia la expresión de la cara. Con la gente que es serena resulta más fácil trabajar y captarle la esencia, pero hay otras personas que te pide: ‘Haceme lindo’, o que le saques el lunar, que no le hagas esto o lo otro, que no se quedan quietos, que te preguntan si falta mucho… y todo eso con una expectativa de máxima, quieren verse perfectos”.

Lo que está en juego en estos tratos no es una mercadería externa, sino la propia imagen que después será expuesta frente a los seres queridos. Sobre el tapete se juegan cosas muy personales, y la discreción y el tacto de una mujer-artista pueden sortear con delicadeza los problemas. Pero a veces no hay diplomacia que sirva, sobre todo si intervienen terceros.

Recuerda Sandra que en una ocasión estaba dibujando una pareja. Ella era una mujer hermosa pero él tenía una cara enorme. Un pibito apareció de no se sabe dónde, miró el trabajo y comentó bien fuerte: “A la señora la hiciste linda, pero al señor le estás haciendo una caricatura ¿no?”.

Los retratistas y caricaturistas fueron amenazados de extinción cuando se difundió la fotografía. Un simple clic sustituye todo el arte de los dibujantes. Sin embargo, la gente sigue encomendando trabajos en ambas especialidades. ¿Por qué? Por la misma razón que algunas personas prefieren un saco a medida o un saco de confección. Además, a una cámara fotográfica uno no le puede susurrar con disimulo “haceme los labios más gruesos y las orejas más chicas”.

 

Filosofía de la caricatura

La primera pregunta: la caricatura, ¿está en la cara dibujada o en los ojos que miran? Imagine usted una boca. Después imagine que esa boca es mirada sucesivamente por un enamorado, un fabricante de lápiz de labios y un dentista. ¿Es siempre la misma boca?

La segunda pregunta: ¿es posible la caricatura? En principio, esta técnica se propondría dar una idea de la identidad de una persona a través de la distorsión de sus rasgos, lo cual sería imposible porque la representación exige analogía. El secreto reside en que la caricatura no puede ser toda hipérbole y exageración. Ese es precisamente el camino para reconocer a un mal caricaturista: el trabajo final está tan recargado que ya casi se pierde la idea de los rasgos originales. En realidad, el secreto del caricaturismo reside en la selectividad de los pocos rasgos que se van a distorsionar y el equilibrio que éstos conservan con los rasgos que se mantienen normales. 

La tercera pregunta: ¿la caricatura es deformación? Si exageramos la nariz de un narigón tenemos una exageración, no una caricatura. El arte ocurre sólo cuando todo el trabajo, en sus rasgos normales y exagerados, se dirige en una misma dirección. Entonces, como por arte de magia, comprendemos que el personaje caricaturizado tiene algo de buitre, de melón, es una bomba o un sofá. En otras palabras, se ha operado una metáfora y la caricatura llega a su punto más alto.


Haceme flaca y sin arrugas. (Retratos en la calle). Escrita en colaboración con Rosita Halac. La Voz del Interior, 7 de mayo de 2000.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.