Un artista misionero

Jorge Barón Biza | 19 de Marzo de 2000|

Sacerdote jesuita, viajero incansable y cronista meticuloso estuvo en América entre 1749 y 1767. Florián Pauke desplegó una actividad incansable al frente de la misión de San Javier, en la provincia de Santa Fe. Hizo todo desde cero, en una tierra puesta patas arriba por el proyecto colonizador.


En el siglo XVIII, las colonias españolas en América estaban ya decididamente embarcadas en el sentimiento de odio-pasión de los criollos hacia Europa, el conflicto campo-ciudad, y las relaciones de violencia y explotación con los indígenas. Estos habrían de ser los rasgos dominantes de la historia, tanto de las colonias como de las repúblicas que las siguieron.

Sin embargo, en el seno de estas sociedades se desarrollaba un intento diferente, llevado adelante por los jesuitas y su orden o Compañía de Jesús, en el que la oposición América-Europa era sustituida por un sentimiento sagrado universalista; el conflicto entre la esfera urbana y la rural quedaba superado por un modelo demográfico y económico integrador; y las relaciones con los indios se basaban en principios de persuasión y de respeto, al menos por algunas de las características culturales de los aborígenes, como el idioma.

A mediados del Siglo de las Luces, el proyecto misional jesuítico abarcaba (en lo que después sería el territorio argentino) unas 40 mil personas; un décimo del total, en una estimación muy aproximada. La población que vivía bajo la esfera de la Compañía incluía tribus de diferentes troncos étnicos americanos: negros esclavos (que también arrastraban en su violenta inserción americana tradiciones diferentes del África) y sacerdotes y laicos blancos, criollos o europeos de diferentes nacionalidades.

La actitud de los miembros de la Compañía era completamente distinta de la de los funcionarios de la Corona, que llegaban sólo para hacer su América. La Iglesia Católica vislumbró, a partir de la superioridad de la tecnología europea que pesó decisivamente sobre las otras naciones a partir del siglo XVI, la posibilidad efectiva de ser universal. La Sociedad de Jesús imbuyó a sus miembros de ese universalismo que los llevó a interesarse por cada detalle de la Creación, en una empresa cultural paralela a la del enciclopedismo, pero teñida por una actitud evangelizadora que sustituía el proyecto de dominio de la naturaleza por el establecimiento de leyes científicas, propio del Iluminismo.

En este sentido, es reveladora la comparación de la Enciclopedia francesa (empeñada en dar sentido a las palabras) con el detallado Diccionario de Trévoux, editado varias veces por la Sociedad entre 1690 y 1732.

 

Bohemio y catequista

Florian Paucke (o Baucke, como aparece en algunas páginas de la copia de su extenso manuscrito que no tuvo tiempo de revisar) nació en 1719 en el seno del Imperio Austríaco, organización política que concertaba la vida de unas veinte nacionalidades distintas que convivían en sus fronteras, tan multiétnica y multilingüística como América. Paucke se entregó de cuerpo y alma a la Compañía y su mayor anhelo fue misionar.

Cuando llegó a estas tierras viajó rápidamente del puerto de Buenos Aires a Córdoba, donde permaneció tres años perfeccionándose para su tarea con los indígenas.

Finalmente fue destinado a San Javier, en la provincia de Santa Fe.

Este eslabón en el sur del engranaje jesuítico era muy especial y delicado. La mayoría de las misiones del Litoral tenía una población guaraní, cuyo carácter se adaptaba fácilmente a la propuesta jesuítica. Pero San Javier, de reciente fundación, estaba compuesta por mocovíes, una etnia que Canals Frau clasifica dentro del grupo de los guaicurúes. “En su belicismo destructor –comenta este autor-, los mejores aliados de los abipones fueron los mocovíes”. Su hábitat originario había sido el Chaco, y desde allí asaltaron durante el siglo XVII todas las ciudades de la región, incluida Córdoba, y lograron destruir definitivamente algunas de ellas como Concepción del Bermejo, en 1632.

Los mocovíes fueron vencidos recién en 1710 por una expedición al mando del militar español Urízar. El compañero misionero de Paucke, Dobrizhoffer, sentía admiración por ellos: “Podrían alistarse los mocovíes entre los mosqueteros austríacos. No creo haber visto ni uno con una nariz plana o torcida o arremangada o de una chatura excesiva. Cien fallas y defectos comunes en Europa, son enteramente desconocidos a estos indios”. Las tribus mocovíes tenían la costumbre de raparse parte de la cabeza, por lo que se los apodaba también “frontones”. Su carácter no era menos temible que su aspecto: todavía flotaban los recuerdos de los asesinatos de dos padres que habían entrado en territorio guaycurú pocos años antes de la llegada de Paucke.

 

Arte y gloria de Dios

Paucke apeló a la música para allanar sus relaciones con los aborígenes. Según todos los testimonios, era un eximio intérprete y compositor. Durante sus años en Córdoba, escribió algunas vísperas para ser ejecutadas por los músicos locales (todas las partituras de Paucke están hoy perdidas): “Cuando ya había compuesto algo –escribe en sus memorias- quise hacer la prueba y ver si sería posible meterles algo en los sesos en tan corto tiempo pero pronto perdí el ánimo: cuando yo averigüé en el primer llegado de qué modo había de ser tocada o denominada esta o aquella nota, no supo contestarme nada, tampoco podía tocar ni el primer tacto (compás). Tuve miedo entonces y quise desistir pero asimismo el ruego de los jesuitas me indujo a usar de toda diligencia en enseñarles siquiera algo nuevo / aunque ellos no fueran capaces de aprender tanto”.

Este pasaje ilustra el estado precario de la interpretación musical en estas latitudes en las que, si se quería escuchar música, había que escribir la partitura, construir los instrumentos, enseñar a los intérpretes y dirigir el conjunto. Todo ello hizo Paucke.

El pasaje citado sirve también para ilustrar otro aspecto de su obra. Las memorias de sus años en América, Hacia allá y para acá, están escritas en un alemán torpe y apresurado, lo cual permite suponer que no era su lengua materna (los estudiosos se inclinan por el checo). El empeñoso Paucke consiguió no obstante componer un texto lleno de vida gracias al interés del contenido de sus relatos: imágenes de la vida cotidiana, aventuras inesperadas, situaciones que revelan los entretelones de aquellos tiempos, mantienen el interés del lector constantemente.

La copia del texto de Paucke fue descubierta por el historiador argentino Guillermo Furlong, S.J., autor de obras importantes sobre los jesuitas en el Río de la Plata y la filosofía en los tiempos coloniales. Furlong encargó la traducción a Edmundo Wernicke, que había cursado sólidos estudios en Alemania y, después del fracaso de sus empresas en San Luis, sobrevivía como traductor en Buenos Aires. Wernicke trató de conservar en su traducción de 1942 (en realidad un extracto del copioso manuscrito de Paucke) esa sintaxis por momentos circular e incierta, esas aproximaciones semánticas no siempre exactas, como si la palabra precisa estuviese flotando por ahí sin ser atrapada.

No se debe olvidar que los problemas léxicos que enfrentó Paucke fueron –como en todos los cronistas de América- muy grandes, al tener que nombrar ámbitos, plantas y animales que no existían en el Viejo Mundo y traducir de lenguas indígenas al español, ninguna de las cuales era su lengua materna.

Paucke se suma así a una característica insistente en la literatura nacional: el descentramiento lingüístico, la pérdida de la lengua materna que, desde los cronistas extranjeros de las primeras conquistas hasta Héctor Bianciotti, pasando por el cocoliche y las impregnaciones de las lenguas autóctonas, reaparece una y otra vez en nuestra literatura.

 

Ojo dinámico

La copia hallada en la biblioteca del monasterio austríaco de Zwettl, antiquísima construcción cisterciense del siglo XI, con biblioteca del siglo XVIII ornada por pinturas de la época. El texto está acompañado por más de cien ilustraciones sobre animales, vegetales o aspectos de la vida cotidiana en la reducción. Los dibujos coloreados a la acuarela cumplen con notable precisión la tarea de ilustrar, al punto que muchos estudiosos creen que fueron realizados en América o que Paucke conservaba apuntes y esbozos tomados directamente en presencia del objeto o escena representado. Nos hallamos así otra vez con el modelo del Diccionario de Trévoux, el intento totalizador que la Orden realizó en competencia con los enciclopedistas.

La otra función de estos dibujos, la estética, ha despertado polémicas. En la Historia General del Arte, de la Academia de Bellas Artes, Héctor Schenone, la mayor autoridad en el tema, las coloca en un segundo plano: “… carecen de verdadero interés plástico”.

Nos atrevemos a proponer una reconsideración de este juicio. Paucke, durante su estadía en Zwettl, tenía permanentemente bajo sus ojos obras realizadas por artistas profesionales como Paul Troger, en una época de gran pericia técnica en la pintura. No podía ignorar las limitaciones de sus bocetos.

Sin embargo, los 18 años americanos durante los cuales casi seguramente tomó apuntes y muy probablemente enseñó a dibujar (como debió enseñar tejeduría, herrería, carpintería, agricultura). No sería extraño que algunos de los rasgos de la visión aborigen, como la composición en bandas, hayan impregnado sus ojos, especialmente a través de las originales obras de la escuela altoperuana que llegaban a Córdoba.

Sus escenas sociales tienen algo de la vívida descripción de Cándido López, aunque con composiciones más rígidas. Consiguió expresar dinamismo, gestos y actitudes que, a pesar del dibujo inseguro, revelan sentimientos definitorios de los personajes. 

Paucke regresó a Europa en 1767, cuando los jesuitas fueron sorpresivamente expulsados de América. Poco antes se había fundado una segunda reducción mocoví, al oeste de San Javier. Murió en 1780.

Las misiones no sobrevivieron a su imprevista desarticulación. San Javier languideció durante un siglo, hasta que en 1864 llegaron a la zona colonos ingleses, estadounidenses, belgas y franceses. Pero sólo a partir de la década de 1880 pudo superar su dependencia del río homónimo, por el que se realizaba todo el tráfico, e integrarse plenamente. Hoy, las ruinas de su pasado reclaman restauros imprescindibles.

Las pautas intelectuales que guiaron la obra de Florián Paucke, sin embargo, se mantienen firmes y están enunciadas en el prólogo de sus memorias: “A lo que yo me obligo especialmente durante el transcurso de este relato e información será a observar la sincera verdad de mi informe, la que no se basará sobre noticias ajenas recogidas sino sobre la experiencia propia. Si acaso se incluyera algo / que fuera conocido por informes extraños, será mi deber el no ocultarlo al lector y dejar establecida la verdad de aquellas cosas allí donde y por quien me han sido comunicadas”.

 

La edición cordobesa 

La obra de Florián Paucke, Hacia allá y para acá, fue reeditada en 1999 sobre la base de la traducción de Wernicke de 1942. El emprendimiento corresponde a una empresa cordobesa. El primer tomo abarca desde la partida de Paucke de Europa hasta su entrada en San Javier. Incluye también once de las famosas ilustraciones, reproducidas a color. El proyecto incluye otros dos tomos, en los que además de completar la versión extractada que la Universidad de Tucumán publicó en el ’42, se agregará un apéndice de actualización sobre trabajos arqueológicos realizados para la puesta en valor de las ruinas de la reducción de San Javier, además de fotografías, gráficos y dibujos modernos.

El ejemplar empleado para esta nota tiene dos páginas (93 y 103) en blanco, con el correspondiente salto de texto. Salvo de este inconveniente que podría remediarse con la impresión de las páginas faltantes para que los compradores las agreguen en su lugar correspondiente, la obra es un lujo editorial: tapas duras con letras doradas, sobrecubierta a todo color con un dibujo del autor, papel entizado de alto gramaje, encuadernación cosida con tela. Una arriesgada apuesta en los tiempos del byte.

 


“Un artista misionero” (Florián Pauke), en La Voz del Interior, suplemento Temas, Córdoba, 19 de marzo de 2000.

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