La solución de todos los problemas de la literatura argentina

Jorge Barón Biza | 28 de Enero de 2001|


Me contaron que en algunos diccionarios, enciclopedias y otros repertorios de escritores argentinos figuran libros que nunca existieron. Se filtraron: es imposible que los recopiladores verifiquen cada una de las obras que los autores se atribuyen.

Estos chismes me llegan por lo general con aire de rechazo moral. Sin embargo, creo que nos encontramos frente a la gran solución de los problemas de la literatura nacional.

Cada vez que hablo con un editor, en algún momento de la charla se pone la mano en la frente y exclama: “¡Estoy hasta aquí de originales! Tengo un cuarto lleno. Todo el mundo escribe”, con el mismo tono con que algunas maestras se quejan porque tienen muchos alumnos. Con demasiada frecuencia me encuentro con abogados, economistas, militares, políticos, profesoras de gimnasia, ex cualquier cosa, poetas de los de “amor” con “temblor”, empresarios con éxito, argentinos que pelearon en la Guerra del Golfo (¿pero existió?), pintoras con casa en balneario paquete. A todos les brillan los ojos cuando ven la posibilidad de ser escritores. Lo se muy bien porque yo mismo les escribí algunos de sus libros. El único que me no me pagó fue el empresario; pero la pintora gastó más –mucho más– en el cóctel de presentación que en su escritor fantasma. Nosotros, los fantasmas, tenemos que cuidarnos mucho si queremos seguir trabajando: te piden que describas en el libro cómo engañaron sin piedad a su rival, pero sienten pánico ante la más remota posibilidad de que se descubra que no son escritores.

Trato de disuadir a los escritores que no son escritores: les muestro las últimas liquidaciones de mi editor, las radiografías de mi columna, les hablo de que hay que dar la cara, de las burlas si las cosas salen mal, del ninguneo si las cosas salen bien. Todo en vano: quieren tener su libro. Nada los detiene. Dos hectáreas de bosque en Canadá, Misiones o Finlandia tiemblan ante la determinación de cada una de esas miradas. Las agujas de los pinos se erizan mientras alguien con influencias revisa su agenda soñando con una reseña en los diarios de gran tirada.

También hablo con los libreros: “demasiados títulos, dónde los voy a exhibir, y al mes siguiente otra oleada, no hay tiempo de comercializar bien ni de que funcione el boca a boca.” En la redacción del diario para el cual trabajo hay un ropero lleno de libros que esperan ser comentados en las cada vez menos páginas dedicadas a la cultura. Detrás de cada uno de esos ejemplares acecha una persona habitualmente amable, hasta inteligente quizá, que se convertirá en una arpía de persecución personal si no le publican la reseña.

No hablemos de reseñas desfavorables, porque eso casi no existe en la Argentina. Como buen país mafioso, la más leve insinuación de que después de la página cuatro el libro sufre una operación alquímica que lo transforma en plomo, la sospecha de que el autor no es un genio total, la falta de convicción de que esa pueda no ser una de las cumbres de las letras nacionales, son todas excelentes razones para que el autor llame al secretario de redacción y le cuente que a su periodista cultural lo vieron la otra tarde salir de un cabaret. La corte es la antesala de la mafia. A cada mes que pasa, estos enemigos se van sumando. Muchos se conocen entre sí y van estrechando redes y combinando operaciones cada vez más complejas y sutiles. En pocos años, el periodista cultural es una Virgen de Lippi entre los gladiadores, una cebra con los colores de Ñewell’s en un campo de toros carnívoros.

A esta altura el lector ya sabrá cuál es la gran solución que propongo. En lugar de cubrir de vergüenza a los autores que se inventan algún librito por ahí, cubrámoslos de gloria. Son buenas almas que no atormentan editores, ni libreros, ni reseñadores. Sus ficciones no atiborran camiones de reparto, ni depósitos, ni estantes de librería. Gracias a sus pacíficas ficciones los bosques del mundo respiran aliviados. Hemos llegado a una nueva categoría de héroe, tan en onda con la historia de su tiempo como el héroe kantiano lo estaba con el romanticismo por venir: hoy tenemos el héroe que no ha hecho nada.

Tampoco debemos despreciar los méritos específicamente literarios de su trabajo. Está la idea de coherencia. La profesora de gimnasia no puede atribuirse Cómo ganar una fortuna en tres meses (a costa de no pagar a los escritores). Eso queda para empresarios y editores. No, ella está en el negocio de perder; tiene que inventarse algo del estilo Cómo perder todo en tres meses. Los lacanianos son expertos titulando. Una obra maestra sería Delirio, comunicación y simultaneidad, en la que el primer término pone el paroxismo, el segundo la nota intelectual actualizada y el tercero el misterio que nos hace abrir el librito: nos encontraríamos con un estudio acerca de los efectos de la televisión en unos chicos, observados primero aisladamente y después en grupo. Otras obras maestras que nunca fueron escritas: La expropiación fluida de la intimidad, Orificios y equilibrio. Los sociólogos tampoco lo hacen mal: Asco: la mancha en el fondo de las sociedades impotentes. Reciencito se han sumado también los estetas: La tecnología del Assemblage como expresión de la différance, o El Cyborg en la representación del infinito.

Frente al refrito, el plagio, el afano –o como dicen ahora, la “apropiación”–, propongo el libro nunca escrito. Habrá que hacer algunos ajustes en el campo literario. Dar becas y premios por no haber escrito un libro. Si se tienen en cuenta las horas que se ahorrarán editores, reseñadores, libreros y lectores, podría instituirse algún derecho de noautor, estimado por la DGI sobre la base de horas ahorradas por esas categorías más expuestas al diluvio de las letras.


* Publicado en el suplemento Radar Libros del diario Página/12 el 28 de enero de 2001.

Un comentario en «La solución de todos los problemas de la literatura argentina»

  1. Magnífico escrito que pone de relieve lo que se viene observando y es que cualquiera escribe un libro. Yo que escribo desde los once años y nadie se enteró hasta ahora, recién cuando estoy a punto de ingresar en la octava década, comencé a animarme y mostrarlo a los conocidos. Suerte grande que no figuro en ninguna nómina. Gracias

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