Una mirada académica para el Museo Tejeda

Jorge Barón Biza | 19 de Agosto de 1998|

Estas obras ponen sobre el tapete la revalorización del arte académico tardío, tarea que aparece demorada en la Argentina. Córdoba alberga en sus templos y mansiones muestras de esta escuela.


Aquellos que de paseo por Buenos Aires pueden asistir a una función en el cine Grand Splendid, en avenida Santa Fe casi Callao, se encontrarán con un techo muy bien pintado que celebra la paz en el estilo académico del siglo XIX (aunque algún león tiene las fauces demasiadas cuadradas). Su autor es el artista italiano Augusto Orlandi, quien colaboró en la pintura de la Catedral de Córdoba que se realizó entre 1912 y 1914. Su hijo, Mario, donó en julio pasado una serie importante de obras sacras de su padre, que enriquecen el patrimonio del Museo Juan de Tejeda.

Augusto Orlandi (1879-1969) nació en Italia, y se formó en la Real Academia de Bellas Artes de Bolonia. Viajó por primera vez a la Argentina en 1903 (no debe confundírselo con Nazareno Orlandi, como ocurre en alguna bibliografía, también italiano, que llegó en 1880) y presentó una muestra en la Galería Witcomb de Buenos Aires. En 1907 regresó, ya con el título de académico de la institución boloñesa, y realizó su primera obra mural, el techo de la Bolsa de Comercio de Rosario. Después, ante la evidencia de su arte, recibió numerosos encargos. En Córdoba, Emilio Caraffa se percató de los talentos de Augusto Orlandi y lo llamó, junto con Carlos Camilloni, en 1912, para que participase en la pintura de la Catedral, que hasta entonces lucía paredes a la cal. Si bien Caraffa realizó algunas figuras y dio las directivas generales de los trabajos, su poca experiencia en muralismo y la conciencia de sus limitaciones no le permitían meter abiertamente mano en una obra tan compleja. “El requerimiento decorativo – escribe Mercedes Morra en Córdoba en su pintura del siglo 20 -, la necesidad de ‘iluminar’ el ámbito interior con las imágenes-color, unidos a la tradición barroca de ‘abrir’ al infinito el ámbito cerrado por la ilusión de los cielos sin límites; la necesidad, asimismo, de articular pictóricamente la nave central con las laterales separadas por inmensas columnas, fueron un desafío demasiado complejo para artistas con una experiencia local casi nula al respecto.” Así llegó Orlandi y su oficio permitió que en la Navidad de 1914 se inauguraran las nuevas decoraciones. Inmediatamente después le encargaron la pintura de la capilla del seminario mayor, donde realizó la Traslación de la Ermita y Virgen de Loreto por Angeles, que todavía se puede apreciar.

El arte de Orlandi es arte académico tardío, escuela que fue menospreciada durante el siglo 20, oponiéndosela a la vanguardia y motejándosela de art-pompier (arte bombero, porque algún humorista comparó los cascos clásicos de las figuras mitológicas con los de los bomberos del París finisecular).

La crítica actual está reconsiderando todos estos juicios y la evidencia de esta nueva actitud fue la inauguración del Museo del Quai d’Orsay, en París, en 1986, con grandes salas dedicadas al académico tardío. Ya lejos de los enfrentamientos personales, el estudio detallado revela que el academicismo decimonónico supo incorporar parcialmente las novedades del romanticismo, naturalismo y realismo, aunque la asimilación se hizo con prudencia selectiva y calladamente. Esta escuela mantuvo siempre como principio rector la calidad del dibujo, el modelado y el equilibrio de color, de manera que fue una apropiada formadora de artistas, como ocurrió con la primera generación de becarios argentinos en Europa, la de Agujari, Paris, Caamaña, Genaro Pérez y otros. Por su misma naturaleza, el arte sacro de esta escuela se mantuvo al margen de los excesos de otros géneros, principalmente la escultura monumental.

Los templos de Córdoba son un refugio de este arte hoy reapreciado. Todavía no se hizo en ello un relevamiento minucioso, que permita descubrir, restaurar, iluminar, explicar. De esta tarea saldría sin duda un tour apasionante que enriquecería a la ciudad cultural y turísticamente.

Cuando con estos artistas académicos se tienen dudas sobre su capacidad, conviene consultar sus bocetos y dibujos. Por lo general la sorpresa es grande: maestros de la línea, casi todos ellos revelan una capacidad – artesanal, dirán algunos historiadores, deslumbrados exclusivamente por la idea de “genialidad” – que después se perdió en aras de otras metas. En los cartones de la Donación Orlandi queda ejemplificada esta capacidad que se remonta al mejor barroco. Restan por estudiar sus retratos, de los cuales no hay ejemplos en la donación, salvo un autorretrato de 1919 (el año de la radicación definitiva en Argentina), vivaz, suelto y muy mundano.


“Una mirada académica para el Museo Tejeda”, La Voz del Interior, sección Artes y Espectáculos, Córdoba, 19 de agosto de 1998.

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