Otros ámbitos, otros valores

Jorge Barón Biza | Marzo de 1995|

Córdoba es la segunda ciudad de Argentina. Los hábitos de compra del público de arte son distintos de los que imperan en Buenos Aires. La vieja división latinoamericana entre “zonas cerradas” y “zonas abiertas” ha sufrido algunas alteraciones.


Para la desaparecida ensayista Marta Traba, Latinoamérica se dividía en zonas cerradas –con fuerte tradición local que muchas veces se remonta a los tiempos precolombinos– y zonas abiertas –grandes centros metropolitanos que recibían directamente la influencia de Estados Unidos y Europa-. A 21 años de la aparición de su obra, su clasificación podría ser completada con el concepto de “zonas intermedias”, aquellas conectadas con los grandes centros internacionales a través de su correspondiente zona “abierta”.

Córdoba tiene 1.200.000 habitantes. En su ámbito, el arte está bien servido: dos instituciones de enseñanza de nivel terciario con numerosos alumnos, tres museos dedicados exclusivamente a la plástica más un centro de arte contemporáneo, secciones de plástica en sus diarios y varias galerías de arte. También cuenta con una interesante tradición de paisajistas que inmortalizaron las sierras cercanas. Pero más importante aun: artistas importantes de todas las edades crean en Córdoba.

Hemos entrevistado a varios marchands para tratar de esclarecer la forma en que el mercado de arte se está organizando en Córdoba bajo el influjo de las nuevas tendencias, comunes a toda latinoamérica, de mayor estabilidad, predominio de grandes empresas y retracción de la actividad económica estatal.

Para Marcos Espinosa, quince años de actividad en el mercado de arte, “ahora está mucho más duro, por dos factores: la clase media está pulverizada y hay grandes presiones impositivas. Los pequeños empresarios que se formaron durante la década del ’60 están desapareciendo y hay grandes presiones impositivas. Es notable: se asustan de gastar quinientos dólares en un cuadro, pero compran autos y viajes por decenas de miles. El camino que me he trazado es formar nuevos coleccionistas como parte de mi trabajo. Para lograr este objetivo tengo que tener en cuenta nuevos factores. Veinte años atrás había una clara preferencia por los paisajistas consagrados: hoy el paisaje tradicional se está convirtiendo en algo difícil. Los gustos del nuevo público son más amplio y por lo tanto más imprevisibles. También hay una desconfianza a invertir en un artista, hasta que no llegue el aval de Buenos Aires. Por eso, es muy importante el manejo que se hace de una obra allá. En general, los pintores clásicos de Córdoba ya desaparecidos tienen una cotización más alta aquí que en Buenos Aires, pero con los jóvenes prometedores ocurre al revés. Por supuesto, la estabilidad económica facilita mucho las ventas”.

Para Jaime Conci, trece años de galerista, “ha habido un cambio en las costumbres; a la gente le gusta gastar pero no invertir. Los coleccionistas que queda, prefieren ir a Buenos Aires. Es una situación difícil. Hubo una asociación de galeristas, pero hace dos años que no actúa efectivamente. He organizado exposiciones de artistas cordobeses en el exterior, pero sólo gracias a contactos personales. No hay una política cultural al respecto. Los coleccionistas que compran aquí tratan de buscar directamente al pintor, y acopian sin un criterio unificador en sus compras. Es un viejo problema”.

A Giacomo Lo Bue no le interesa el pintor que vende en su taller: “El mercado de automóviles es un buen ejemplo. Si el cliente pide comprar en fábrica le indican que tiene que pasar por el concesionario. Vender en taller es la base de la ‘no confiabilidad’ de un artista. Es la actitud que los lleva a ganar plata directamente, pero no a posicionarse en el mercado”. Lo Bue es el más reciente de los galeristas cordobeses y un poco el “enfant terrible”: “De todas maneras hay microeconomías en torno del arte, en Córdoba, pero no un mercado regulador que estabilice los precios. Nos manejamos con el oportunismo de los operadores, no con un mercado, ¡habrá que esperar que Córdoba tenga cinco millones de habitantes! Mientras tanto, el marchand está condenado a una función educadora que satisface las necesidades espirituales o decorativas de nuestros conciudadanos, pero que nos obliga a sobrevivir de otros ingresos”.

En una síntesis de la experiencia cordobesa, se puede decir que la actividad de arte se ha organizado con bastante autonomía desde el punto de vista estético pero verticalmente desde el punto de vista económico, en relación de dependencia con Buenos Aires. Esta contradicción genera desórdenes en la medida en que la apreciación de los artistas dependa de la gestión personal de ellos – o de su marchand cordobés – en la metrópolis. Esta situación puede generar olvidos e injusticias.

El primer paso tentativo para solucionar esta situación sería organizar una muestra anual en Buenos Aires de artistas cordobeses, seleccionada rigurosamente por jurados de ambas ciudades, y presentada en un centro de gran prestigio y que esté definitivamente dentro del “circuito” de las exposiciones plásticas importantes de la metrópolis, de manera que los primeros contactos con el público y la crítica de la gran capital dependan principalmente de criterios estéticos.


“Otros ámbitos, otros valores”, Arte al Día, Buenos Aires, marzo de 1995.

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