Actualidad de Marta Traba

Jorge Barón Biza | Julio de 1995|

Fermín Fevre – Nació en Buenos Aires en 1939. Estudió Arte y Filosofía en esta ciudad, Santiago de Chile y París. Dirige la sección de Plástica del diario Clarín. Ha publicado más de veinte obras sobre su especialidad. Fue director del Museo Nacional de las Artes de este país – reconsideró la obra de esta incansable luchadora a favor del arte de nuestro continente.


Marta Traba (1939-83) fue alumna de Romero Brest en Buenos Aires y completó sus estudios en la Sorbona de París y otros centros europeos. Se radicó en Bogotá como docente de la Universidad de América, y en esta ciudad fundó el Museo de Arte Moderno. Sus valientes libros de crítica plástica (además fue poetiza y novelista) culminaron con Dos décadas vulnerables en el arte de latino América (Ed. Siglo XXI, México, 1973).

El crítico Fermín Fevre consideró su obra en una conferencia dictada en la ciudad de Córdoba (Argentina). Con una síntesis clara, el expositor recordó los puntos fundamentales del pensamiento de Traba, y fue acotando las fecundas disidencias y coincidencias que su propia concepción del arte del subcontinente.

Para Traba, el arte latinoamericano fue una totalidad apoyada más sobre la intención de reconocerse a sí mismo que sobre unidades artísticas y formales. Cuando en el primer cuarto de siglo, el modernismo irrumpe en la región, se encuentra con distintas situaciones nacionales y se produce una “balcanización cultural” que quiebra la coherencia anterior. Los artistas sociales se encuentran entonces ante una contradicción: a la necesidad tradicional de representar su propio medio, que conserva una vigorosa originalidad (perdida en los países homogeneizados por la industrialización), se oponen desde el exterior mandatos de abstracción y síntesis. Por este motivo, las vanguardias latinoamericanas se retrasan, se vinculan mucho más íntimamente que en Estados Unidos con los nacionalismos o las revoluciones sociales, y toman formas muy variadas. Solo en la década de los cincuenta se concreta la aceptación generalizada por parte de los artistas de las nuevas tendencias extranjeras, pero reservándose siempre un importante margen de individualidad.

Después de este período de intentos, ocurre las “dos décadas vulnerables”: la de los sesenta, “década de la resistencia” y la de los setenta, “de la entrega”. En la primera de ellas, los lenguajes plásticos del expresionismo abstracto, la nueva geometría y la figuración simbólica, son incorporados con matices vitales propios, de manera que los artistas latinoamericanos convierten “en experiencia de vida y muerte lo que para los europeos es proceso y desarrollo”. Pero en la década de los setenta, la proliferación de formas y teorías que no se corresponden con la realidad del subcontinente produce una invasión ante la que muchos artistas se muestran sumisos o impotentes. Estas teorías – conceptual, body happening – se originan, en los países centrales, en las decepciones del artista ante la transformación de la obra de arte en valor de cambio.

América latina, sin embargo, no había sufrido en 1973, cuando se escribió Dos décadas…, una transformación tan drástica del sentido de sus obras que conservan – según el juicio de Marta Traba – su valor de uso. La estudiosa, no solo cuestionó la capacidad liberadora de estas corrientes de fines de la década del setenta, sino que propuso una cultura de resistencia, trabajar con contenido propios latinoamericanos, y la vuelta al dibujo y el grabado frente al arte tecnológico: “Que muchos artistas jóvenes, enfrentados a la avalancha mimética, hayan perdido progresivamente el miedo a ser tildados de provinciano o clasificados de realistas; que los pueblos tomen la revancha contra las ciudades, la región contra la capital… son evidencias de salud en una situación de falsa enfermedad”.

Por su parte, Fermín Fevre reconoció que su punto de vista estético es diferente del de Marta Traba, pues presta más atención  a los acontecimientos humanos permanentes de la obra, sin desvalorizar por ello las resonancias sociales, pero destacó la validez de muchas de la conclusiones de Traba. Para Fevre, el aluvión de vanguardias que nos llevó a la posmodernidad (etapa que no conoció Traba), nos ha situado en el dilema que ya predijo Kadinsky: “la abstracción total el realismo total”. Ante esta encrucijada, es válido el reclamo de Traba por salir de los juegos formales para volver a la mirada de un arte existencial, histórico y humano. También es cierto que más de veinte años después de su libro subsiste la desconexión entre creación artística y sociedad; es más, “las distancias entre cotidianeidad y obra de arte se han vuelto abismales”. Lo que la temprana muerte de esta combativa autora no le permitió ver fue que las mismas elaboraciones de arte de nuestros días son “hoy acciones que se plantean en términos de conflictos… Tal vez sea este uno de los temas determinantes en la actual situación posmoderna, y al mismo tiempo, uno de los aspectos sobre los que menos se han ocupado la bibliografía contemporánea” (F. Fevre: Modernidad y posmodernidad en el arte, Ed. Fund. De Arte Ana Torre, Buenos Aires, 1994). Sobre esta base el disertante reivindica, contra el nihilismo y el relativismo dominante (y mucho más acentuados que veinte años atrás), su fe en el sentido dado de la obra, presente en ella más allá de nosotros mismos.

Respecto del tema de identidad cultural, para Fevre es claro que irrumpe hoy con mucho más angustia en los países centrales y en las ex repúblicas socialistas que en América latina. Pero si conservamos esta división – acertadamente cuestionada por Fevre – entre países centrales y periféricos, la cuestión de los contenidos permanentes de la obra – esencial a toda experiencia humana – señorea siempre por encima de las regionalizaciones.


“Actualidad de Marta Traba”, Arte al día, Buenos Aires, julio de 1995.

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