Miguel Budini en hierro y cobre

Jorge Barón Biza | 16 de Mayo de 1999|

La perspectiva temporal no hace más que aumentar la trascendencia de la obra de Miguel Ángel Budini (1911-1993). Las nueve esculturas presentadas cubren desde 1976 hasta el año de su muerte.


“El autor de los desnudos femeninos cargados de erotismo aun en sus mutilaciones, tendría que ser revalidado, más allá de su retiro provinciano, de su modestia y de sus altos años, entre los mayores creadores de la plástica actual en el país”. El juicio contundente del crítico porteño Osiris Chierico, emitido en 1997, se sostiene hoy con firmeza.

La muestra del Genaro Pérez es un concentrado de lo mejor de su obra. En los bronces se advierte la lección de Moore, Maillol o Arp, asimilada y superada hasta llegar a esas tensiones insólitas de Alegoría.

En otros bronces más ortodoxos, el artista siempre encuentra en el cuerpo de su modelo, el volumen, el hueco, la fuerza no advertidos por el ojo común, el engrosamiento o afinamiento que dota de dinámica a los volúmenes. Sus caras, compuestas en agudas triangulaciones, serían una de esas “marcas” que permiten identificar claramente a un artista, si Budini hubiese merecido toda la atención que merece. Como muchos otros artistas cordobeses, es tiempo de que se deje de catalogarlo en secciones como “La Escultura de las Provincias” (Brughetti). ¿Qué tienen de provincianas la temática o la realización en Budini?

Los tres hierros batidos presentados en esta muestra –Torso, Venus I y Venus II– están entre lo mejor de esa serie de desnudos excepcional en el arte argentino. El desarrollo de planos revertibles que le permite el material utilizado es interrumpido por rupturas sorprendentes, que se integran en un ritmo de conquistada originalidad. En este sentido, el plano revertible.


“Miguel Budini en hierro y cobre”, en La Voz del Interior, 16 de mayo de 1999.

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