Instalaciones: primer balance

Jorge Barón Biza | 1998|


La experiencia de las instalaciones (cinco años atrás era casi una oleada en el primer mundo) nos ha dejado dos reflexiones importantes: la del lugar, la de la relación… que en último análisis devienen juntas en la vieja pasión renacentista del lugar como relación.

¿Qué han agregado a tan ilustre antecedente las instalaciones? En lo positivo: la idea de recorrido libre en un ámbito envolvente arquitectónico. En lo negativo: la destrucción del lugar como espacio de la pertenencia, la permanencia y la historicidad.

La instalación es siempre concebida como provisoria y no apropiable, dentro de la tendencia de desmaterialización del arte que incluye a happenings, performances y otros movimientos de la década del setenta; de toda esa actividad sólo quedan hoy documentos. Por decreto supremo de las leyes de la vanguardia, el instalador destina a la nada a las cuidadosas relaciones que ha montado en un espacio delimitado.

Al comienzo, las intenciones fueron dulces. Era necesario leer amorosamente el lugar antes de armar la instalación: el lugar era la cuna y la razón de los objetos y relaciones que dispondría el artista, de la misma manera que el interior burgués fue la cuna de la pintura de caballete. La instalación sitúa al arte en una relación tan íntima con el espacio que la polaridad abstracto-figurativa queda replanteada totalmente, de la misma manera que el arte corporal se instala tan íntimamente en la carne que el concepto de sujeto ya no tiene sentido.

Según Inge Mahn, del círculo de Beuys, en Dusseldorf, que en 1972 presentó una instalación-escuela que albergaría a los alumnos expulsados o no admitidos de la escuela oficial: “Para mí esta escuela se puede utilizar porque se puede calentar y en ella no entra el agua; es decir, es algún lugar. El concepto de escuela no queda adherido a las columnas sólo por el hecho que tenga tradición”. (El arte del siglo XX en sus exposiciones. A.M. Guasch, Ed. del Serbal, Barcelona, 1997).

¿Qué anduvo mal? la mayoría de nosotros no parece dispuesta a renunciar a la pertenencia, la permanencia y la historicidad. Sacrificadas a los principios de la vanguardia, han desaparecido obras admirables, como las instalaciones místicas de Portillo y la notable “Al Hombre de América” del grupo El Ojo del Río. Sin embargo, quedan puertas entreabiertas para las instalaciones. Algunos artistas se internaron en la exploración del exotismo de lo cotidiano, tal como lo realizó Robert Gobler en la década del 80, o los instaladores de Togo Díaz y Marta Vellón, que en el ’97 armaron una instalación en una casa de decoraciones ¡y se vendió! Gracias a este pecado, sobrevive. Otro camino es pensar en el “afuera”, establecer alguna relación interior-exterior. Uno de los ejemplos más refinados son los colchones mapas (que remiten a interior, subjetividad, sueños por un lado, y a lo exterior, el espacio virtual, a la exploración del mundo, por el otro) de Guillermo Kuitca. La creatividad de los artistas rescatará la experiencia de las instalaciones, pero queda una pregunta crítica que se extiende a muchas corrientes del arte contemporáneo. La desmaterialización. La tenaz lucha épica contra el mercado y el objeto, cobra con el paso de los años un sentido de egoísmo autodestructivo y nihilista. En las condiciones actuales, pregunto una herejía: negarse a la permanencia, la historia, al objeto apropiable ¿no es una manera de negarse al otro? 


Barón Biza, Jorge. “Instalaciones: primer balance”, Buenos Aires, Arte al Día, 1998. 

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