El genio negro en la década blanca

Jorge Barón Biza | 26 de Diciembre de 1996|

Fue uno más de los artistas rebeldes que pasan fugazmente por este mundo. Todas las luces intensas se apagan demasiado pronto. Jean Michel Basquiat saltó en 1976 de los subterrráneos de Nueva York al cielo no menos oscuro de la fama y el reconocimiento. Murió de sobredosis a los 27 años. Su vida acaba de ser llevada al cine en un película multiestelar, titulada simplemente “Basquiat”.


Era mitad haitiano y mitad puertorriqueño, pero esos son detalles del Tercer Mundo. Para el crítico Robert Hughes, de la revista Times, Jean Michel Basquiat “era negro”, y para todo el mundillo de críticos frívolos, bohemia con drogas y cotizaciones de arte ascendentes de la Nueva York de los ’70, si era negro tenía que valer por ser salvaje, por ser ingenuo, por ser autodestructivo.

No importa si la realidad no se ajusta completamente al prejuicio. Ya el prejuicio se encargará de corregir la realidad. Basquiat nació en 1960, pertenecía a una familia de clase media alta, su padre vivía de rentas inmobiliarias en Brooklyn y llevaba en Mercedes al pequeño Jean Michel a la escuela privada en que se educó. Su madre era una mujer culta y sensible que llevaba a su hijo desde niño a los museos. Así conoció la obra de Picasso.

El filme que le dedicó su amigo Julián Schnabel, famoso artista plástico y debutante como director en esta película, tiene un reparto de lujo: Jeffrey Wright es Basquiat, David Bowie es Warhol, Denis Hopper es el marchand Shafrazi y Gary Oldman el propio Schnabel. Una escena muestra a Basquiat con su madre frente al Guernica, la famosa obra que (mientras vivió el dictador Francisco Franco), Picasso depositó en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, con el encargo expreso de que iría a España cuando Franco muriese.

Jean Michel mira intensamente las imágenes de destrucción provocada por la aviación nazi en un pueblo vasco. En los tiempos previos a la Segunda Guerra Mundial, la barbarie no era ingenua, usaba la mejor tecnología de la civilización y en vez de ser autodestructiva se encarnizaba con los inocentes del mundo. El pequeño queda fascinado por las imágenes de Picasso y mientras las observa una corona surge de su cabeza. El arte sería a partir de entonces su vida; la autodestrucción, su destino.

Las primeras duras pruebas aparecieron temprano: la madre enloqueció y tuvo que ser internada en una institución por el resto de su vida. Jean Michel se llevaba mal con su padre y prefería vagabundear por la ciudad enorme, más como un solitario que como un pandillero.

Comienza la década del ’70 y el destino interviene otra vez, ahora bajo la forma de un inocente invento tecnológico: la pintura en aerosol. Provisto de algunos envases, Basquiat empieza a borronear los vagones del subterráneo. Las condiciones no son exactamente iguales a la de la escuela de arte a la que había asistido brevemente. Era necesario dibujar volando, no había tiempo para detalles antes de que el vagón partiera raudamente o llegara la Policía, si se pintaba el interior. Un arte que no permitía titubeos: apenas unos instantes para demostrar que uno tenía lo que hay que tener: fuerza para seguir viviendo. Los pocos colores se borroneaban y distribuían sin cuidar que coincidiesen con el dibujo. A veces Basquiat corría a la par del vagón para terminar su obra, que se perdía en los laberínticos intestinos de la ciudad. Rara vez volvía a verla.

Toda esa primera etapa de su arte fue víctima del detergente y la limpieza. Si apareciese un vagón pintado por Basquiat antes del ’76, hoy valdría millones, pero todo fue cuidadosamente lavado por la Municipalidad de Nueva York en honor de la propiedad pública.

 

Humor y dinero

Este arte apurado le enseñó a usar los vacíos con tanta eficacia como los otros elementos de su pintura. También empleaba frases ácidas, de un humor frío y desencantado, que unían lo gráfico y lo pictórico. Firmaba “Samo”, contracción de same ol shit (la m… de siempre). A veces, la firma era también una declaración de principios: “La m… de siempre como antídoto contra la nueva ola de m…”, tal cual apareció en Prince Street, a pocos metros de donde vivía el prestigioso crítico del Times (que lo despreció y siguió escribiendo sobre él en un tono perdonavidas, aun después de la muerte del joven Basquiat: “Fue absurdamente sobrevalorado por los marchands, coleccionistas, críticos y, no menos, por el mismo; esto se debió a que Basquiat era negro: la monocromática industria del último arte estadounidense sintió la necesidad de actualizarse con un toque primitivo”.

El que no dejó pasar la oportunidad fue Andy Warhol, el mismo cotizado artista gracias a sus contactos con la alta sociedad y los periodistas, productor de iconos de nuestro tiempo que reproducen imágenes en serie bastante aburridas, pero para las cuales Warhol supo encontrar las palabras claves que legitimaban sus pininos: “posmodernidad”, “arte de reproducción de imágenes”, “era de los medios de comunicación”. Además de los contactos y la labia, Warhol tenía un instinto infalible respecto del dinero: sabía hacer dinero con nada, por ejemplo, con un negrito de la calle. La alta sociedad lo reverenciaba por esta facultad que – según los valores de esa clase social – era una prueba indiscutible de talento.

Andy ya había convertido en discos de platino a conjuntos de rock ignotos, con sólo agregarles una rubia, como ocurrió con Velvet Underground, al cual Warhol sumó como vocalista a Nico, una de las actrices de sus indigestos “filmes de arte” de ocho horas.

Warhol llevó a Basquiat a su casa y a su taller (la legendaria Factory había cerrado en 1968: ver recuadro), en donde reproducía sus ideas sobre artes plásticas, publicidad, periodismo, cine, rock y política; pero por sobre todo, donde producía dinero. El adolescente Jean Michel aceptó todo el paquete. Warhol fue adoptado como padre suplente, y junto con él también fueron escuchados los consejos respecto del arte, el dinero y la fama. Warhol lo puso en circulación. Después le aplicó su tema favorito: “Triunfa quince minutos y revienta”. Pero no lo mató. Lo que mató a Basquiat fue, sin duda, la droga.

 

Los alfabetos visuales

Basquiat no supo elegir ni a sus amigos ni a sus representantes. Además de Warhol, su otro mentor fue Henry Geldzahler, escritor fracasado que se ganaba la vida cobrando comisiones por presentar artistas jóvenes a los coleccionistas que soñaban con ganancias fabulosas por medio de un talento todavía desconocido – recuerda Hughes -. Su primera representante, Annina Nosei, “le tuvo encerrado en el sótano de su galería pintando cuadros, que ella vendía antes de que estuviesen secos, y algunas veces antes de que estuviesen acabados”. Su sucesor fue un ruin perturbado mental iraní llamado Tony Shafrazi, que 10 años antes había cometido un acto vandálico contra el Guernica de Picasso pintando sobre el cuadro: “Matar todas las mentiras”. Los administradores del museo no presentaron ninguna denuncia y Shafrazi se convirtió en uno de los héroes culturales del minuto. Su acto le sirvió de recomendación para actuar como el marchand más entendido en el nuevo arte del momento: los graffitis.

Habían nacido los salvajes urbanos vandálicos de la década blanca, y su primera acción era tratar de conseguir buen dinero. Los altos círculos artísticos estaban conmovidos.

El segundo paso consistió en conseguir droga. Basquiat se convirtió en un adicto que daba volteretas por un mundo sin rdes de seguridad. Quedó a merced de todos. Su única defensa era huir de todos: nadie pudo retenerlo a su lado algunos días: su biografía se convirtió en un mar de versiones, intereses y leyendas en el que naufragó la solidaridad.

El método habitual de trabajo con él consistía en encerrarlo en algún estudio durante semanas, y pasarle cada tanto drogas por una claraboya. El talento innato de Basquiat se deterioró rápidamente. Los altos círculos artísticos le dieron la espalda, pero bajo cuerda seguían comprando sus cuadros porque olfateaban el gran negocio del artista joven crucificado. En pocos años hubo museos y coleccionistas que compraron cantidades importantes de Basquiat. Se había creado un círculo de intereses, el círculo de la “ética posmoderna”: triunfa 15 minutos y revienta. Jean Michel ya no podía dejar de producir, y si la adicción lo postraba, alguna mano anónima terminaba sus esbozos confusos. Por esta razón, los entendidos diferencian hoy cuidadosamente entre la primera época y los dudosos últimos tres años previos a su muerte, acaecida en 1988.

Antes de morir pudo presenciar la consagración de su obra cuando fue presentada en el Museo Beuymans de Rotterdam, Holanda, y leer los elogios del escritor Norman Mailer, quien dijo que era un ejemplo de libertador social. Algunos críticos, como Suzy Gablik, denunciaron en cambio “la explotación de un joven por una clase ansiosa de novedades”.

Después de las polémicas quedó un arte que produjo una rica alianza entre lo gráfico y lo plásticos – alianza que ahora es cuidadosamente estudiada por los expertos en informática para conformar los alfabetos visuales – , un arte que usa como soportes a paredes, puertas clausuradas, persianas bajas para siempre. Basquiat no fue el iniciador de la escuela de los graffitis. Creadores como el francés Jean Dubufet o el español Antoni Tapiés habían anunciado los principales recursos de esta tendencia. Incluso en los Estados Unidos, el grupo Guerrilla Mural Africobra tenía las cosas muy claras. A Jean Michel Basquiat le tocó promocionar la tendencia al precio de su vida.

¿Cuál es el sentido profundo de este arte? El de expresar las existencias patéticas de los marginados suburbanos, existencias que han sido despojadas tanto de lo sublime como de lo trágico, y a las que les queda sólo la voz de lo sarcástico perdido en lo efímero.


Bibliografía

“Historia Universal del arte: últimas tendencias”, Lourdes Cirlot, Editorial Planeta, Barcelona, 1996.

“Theories and documents of contemporary art”, Kristine Stiles (University of California Press)

“The Oxford companion to popular music”, Peter Gammond, Oxford University Press, 1993.

“A toda crítica”, Robert Hughes, Editorial Anagrama, Barcelona, 1992.

“Warhol nell appetible, maledetta Grande Mela”, de Tulio Kezich en “Il Corriere della Sera”, 11 de setiembre de 1996.

 

“Jean Michel Basquiat. El genio negro de la década blanca”, La Voz del Interior, suplemento cultural, Córdoba, 26 de diciembre de 1996.

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