Fray Guillermo Butler en Villa María

Jorge Barón Biza | 7 de Diciembre de 1998|

En un hecho casi desconocido, en la catedral de la Inmaculada Concepción de la ciudad cordobesa desafían al tiempo las únicas pinturas murales importantes del genial pintor-fraile. El ciclo nos habla de un sentimiento cristiano diáfano y poco individualista, cuyo sentido cobra hoy, en vísperas del Día de la Virgen, renovada vigencia.


En la plaza San Martín de Villa María se yergue la catedral santuario de la Inmaculada Concepción. A ambos costados de la nave principal están expuestas ocho grandes telas pegadas a la pared que representan la vida de la Virgen, y cuyo autor es fray Guillermo Butler.

Este ciclo constituye uno de los grandes momentos del arte sacro latinoamericano. Su revalorización crítica, restauración, iluminación y difusión constituirán la base para que la iglesia sea una etapa reconfortante – estética y espiritualmente – para todos los que recorran la ruta nueve.

El templo fue construido en 1894 y ampliado en la década del ’20, por iniciativa del presbítero Colabianchi. La decoración interior se fundamenta en las telas de Butler, ubicadas en ambos frisos de la nave central, y en las de Fernando Bonfiglioni, artista de fecunda labor en Villa María, que en el templo supo adaptar su paleta a las tonalidades impuestas por Butler.

La investigación periodística que realizamos está basada principalmente en un álbum de recortes armado por el mismo padre Colabianchi, que la licenciada Aurora M. de Rigault, conocedora de temas históricos vinculados con Villa María, nos permitió consultar. Lamentablemente algunos recortes no están fechados con precisión, lo que, sumado a ciertas vaguedades características del periodismo de aquellos tiempos, dificulta la datación exacta.

En otras fuentes consultadas no se halla la fecha precisa de instalación de las obras. Sólo la investigación académica más profunda podrá esclarecer muchos puntos importantes, todavía confusos. Probablemente, los paneles fueron colocados en distintas etapas, en el 27 y el 31, que es el año que da Graciela Taquini (Guillermo Butler, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1980).

 

Cómo nació la idea

En uno de los recortes (sin fecha) del periódico parroquial Nuestra Causa, Colabianchi narra el origen del ciclo. “Un día llevé a la estancia (se refiere al establecimiento ‘Ana María’, del doctor Ramón J. Cárcano) al padre Guillermo Butler. La familia cárcano quedó encantada con la visita del primer domínico que hace revivir en la Argentina el recuerdo y el pincel de fray Angélico (…) El doctor Ramón J. Cárcano, el doctor Miguel Angel Cárcano y la señora Stella Morra de Cárcano pendían de los labios del buen fraile que se sentía inspirado en medio de las almas que se compenetraban de su obra (…) Entonces, unánimemente, los tres, como movidos por un resorte dijeron: ‘Hay que encargar al padre Butler la pintura del templo de Villa María’. Yo permanecí en expectativa. Jamás habría pensado en tan grande honor para mi modesta iglesia (…) El doctor Ramón J. Cárcano nos tonificaba con su autorizada palabra y la promesa de una ayuda eficaz y salvadora (…) Pocos días después, el doctor Miguel Angel Cárcano escribió la siguiente carta: ‘Señor cura Pablo Colabianchi. Mi estimado amigo, no contesté su carta enseguida porque deseaba darle noticias concretas sobre la obra. Me he ocupado con Stella y los tres artistas durante varios días de estudiar bien el asunto. Parte artística: resultará algo monumental, cada día mejor, de una simplicidad mística que impresionará. Al mismo tiempo de una fuerza y armonía propias de un gran templo. (El misticismo de Butler estará apoyado en el vigor escultórico de Riganelli. Será un dualismo estupendo). Lo felicito, ¡tendrá usted la iglesia más linda de la República! No exagero. Cuando vea los cuatro grandes pilares multiformes que sostienen la cúpula se va a caer de espaldas. M. A. Cárcano.”

En otro recorte sin fecha del mismo periódico, se cita una carta (fechada en París, 30 de noviembre de 1926), de Butler a Colabianchi: “Por fin he encontrado no sólo el motivo de mi decoración, sino que ya tengo hecha una gran parte de las composiciones del altar mayor y de la nave central (…) le aseguro que he trabajado como no puede imaginarse.”

El número correspondiente a Nuestra Causa del 26 de agosto de 1928 se hace eco de otras publicaciones en las que se anuncia que “acaba de llegar a esta capital el padre Butler, eminente pintor que viene de París, donde está trabajando en la decoración destinada a la iglesia parroquial de Villa María (…) ‘Yo pensaba hacer un viaje corto – dice – pero estando en París me sorprendió la grata noticia de un encargo: se me encomendaba la decoración de la iglesia parroquial de Villa María (probablemente se refiere a la notificación oficial). No recibí en mi vida de pintor una emoción comparable a la que experimenté entonces’”.

La nota consigna que fray Guillermo Butler “llevará a cabo los tres paneles terminados y él mismo procederá a colocarlos, si es que el estado de los trabajos de la iglesia lo permite.

– ¿Es éste el primer encargo que le hacen, padre Butler?

–  El único.”

La profesora Mercedes Morra, titular de la cátedra de historia del arte (siglo 20) de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), viajó antes que La Voz del Interior, para estudiar los paneles de Villa María: “Las telas representan una concepción alejada de las dramaticidades del barroco, un espíritu de serena alegría muy vigente en el catolicismo de hoy. Hay una atmósfera solar, con referencias cósmicas orientalizantes y de líneas sintéticas, con influencias del art-deco. Los ángeles desfilan en simplificadas armonías, sólidos como los de Giotto y esencialmente amables, serenos, modestos, luminosos. Los volúmenes se logran por superposición de línea y plano, sin moldeado. Los ritmos compositivos presentan horizontales de apoyo conjugadas con amplias curvas que generan ritmos cadenciosos con el pretexto de montañas, colinas, alas y grupos humanos. Se pueden apreciar esbozos de lo que más adelante será el tratamiento del paisaje cordobés por el mismo Butler. Los elementos naturales – ramas, flores, frondas y pastizales – están tratados sobre texturas visuales y cromáticas de particular encanto y sencillez.”

 

Un artesano

El ciclo de la Virgen, de fray Guillermo Butler, documenta un momento precioso del arte sacro argentino: no sólo la influencia de los nabís, sino especialmente un desprendimiento posterior de esa corriente, los Ateliers d’Art Sacré (talleres de arte sacro), fundados en 1919 por los artistas franceses Denis y Desvallières.

Dentro de la estética de los nabís, de color simbólico, ritmos vivaces y sensuales, y retorno al dibujo después de la ola impresionista, los Ateliers pusieron énfasis en la artesanía (fueron grandes armadores de vitrales, como Butler que realizó esta ténica en La Anunciata y El Salvador, de Buenos Aires), y en la relación pintura-arquitectura, con respeto especial por los efectos de superficie, sin ahondar perspectivas. También pusieron énfasis en los sentimientos religiosos de la familia y en una inocencia arcaica que se expresa con valores lumínicos claros que atemperan algunos excesos colorísticos de los nabís originarios.

Incluso algunas de las críticas que se le han hecho a las pinturas de Butler, como la falta de individuación de los personajes y de expresión psicológica, son efectos buscados que se integran en una teoría estética que abarca las distintas esferas humanas. Taquini, que admite haber visto sólo los bocetos de los trabajos de Villa María, se confiesa “desilusionada”. Critica las figuras “un tanto rígidas”, y la “dificultad en el manejo de la figura humana”.

Curiosamente, alguien muy cercano al pintor, Jorge M. Furt (Concernencias a Guillermo Butler, Córdoba, 1974) destaca que en las “primeras pinturas del pintor nato, su destreza para tratar la figura se expresara al mismo tiempo que su embarazo para tratar el paisaje (…) Pronto encara figura y paisaje con un mismo empeño de exigencia y el resultado se invierte: la figura pierde su condición natural sin adquirir una nueva, el paisaje llega a plena intensidad espiritual. Es otra secuencia personal”.

Nosotros admitimos no haber visto los bocetos. Nuestra opinión es contraria, sin embargo, a la de Taquini. En el gran ámbito de la nave, la supuesta rigidez de las figuras se impone con notable expresividad y potencia plástica. No hay que olvidar que, al igual que su reverenciado Fra’Angelico, Butler no busca la inspiración individual ni la expresión del movimiento por medios pictóricos. Sus metas son liberarnos de los accidentes de esta vida agitada y terrenal mediante una economía composicional que arrastra en su sencillez al dibujo y el esquema cromático, para crear así una sensación de atemporalidad, plenamente lograda.

También, el color puede parecer limitado en la primera impresión. De hecho lo es, e intencionadamente. “La escala cromática – escribe José León Pagano respecto de Butler – tenía un significado moral, y merced a ello el color designaba una virtud o execraba una culpa”.

Todos los principios de los Ateliers están cabalmente realizados en la iglesia de la Inmaculada Concepción. Después, Butler prefirió el paisaje y el caballete. Queda esta gran obra mural y moral. Nos toca a nosotros ser dignos de ella.

Noticia biográfica

Fray Guillermo Butler (1880-1961) nació y empezó su formación artística en Córdoba, principalmente con Honorio Mossi. Entró en 1894 en los dominicanos y se ordenó en 1907. Logró autorización para perfeccionarse en Europa, donde se deslumbró con los primitivos italianos, principalmente Fra’Angelico, y después con la escuela francesa de los nabís. Fue notable paisajista y miembro fundador de la Academia Nacional de Bellas Artes.


“Fray Guillermo Butler en Villa María”, La Voz del Interior, Sección Artes y Espectáculos, Córdoba, 7 de diciembre de 1998.

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