Ernesto Soneira, un rugido en la siesta local

Jorge Barón Biza | 12 de Noviembre de 2000|

El artista introdujo las audacias del arte fauve en Córdoba. Sus propuestas plásticas despertaron reacciones inusitadas pero también atrajeron el apoyo de importantes intelectuales de la década del ’30.


El pintor cordobés Ernesto Soneira (1908-1970) se formó artísticamente en la Escuela provincial, guiado por Francisco Vidal y Antonio Pedone, entre otros. Su compromiso con la pintura fue tan intenso que realizó sus primeros envíos a salones antes de terminar sus estudios.

Ya en el ’34 fue admitido en el Salón de Buenos Aires. En el ’35 recibió premio en el Tercer Salón de Otoño de Córdoba. Del ’36 al ’39 vivió en Europa, donde se formó con André Lhote y Otón Friesz, y tuvo la oportunidad de presentar sus obras en el Salón de los Independientes del año ’38.

A su regreso ejerció la docencia y se dedicó a la vida intelectual, más allá de sus investigaciones plásticas. Durante su dirección del Museo Caraffa, recuperó una parte importante del patrimonio de esa institución.

Abarcó todos los géneros, pero se destacó especialmente en el retrato. Algunos murales se conservaron en la Escuela Alejandro Carbó, con alegorías a la mineralogía y paneles dedicados a las ciencias naturales. También practicó la pintura histórica. En los últimos tramos de su vida dejó la pintura durante 17 años por una misteriosa decisión personal.

Su papel fue decisivo en la introducción de las novedades que en Europa propusieron los artistas fauves: colores puros dictados por la sensibilidad, rechazo del realismo y el espacio de perspectiva, sustituido por un espacio construido con contrastes de color. También usó el plano de color como elemento fundamental de su técnica, desechó la modulación y matización cuidadosa del tono local, sustituyéndolas por los acordes cromáticos arbitrarios.

Hipnotizado por el arte francés, puso todos los elementos plásticos al servicio de la alegría y la naturaleza, “con tonos a lo fauve y una abierta sensorialidad en el manejo de la pintura”, como lo define el catálogo de la muestra 120 años de Pintura de Córdoba.

De esa fuente provienen, en el estilo de Soneira, el gusto por el arabesco como instrumento de fluencia de los elementos visuales que dota de unidad sensual a la tela. En sus mejores obras se observa una síntesis magistral de la construcción de Cézanne, el color de Matisse y el dibujo de Picasso.

Estatuas vestidas

Ernesto Soneira había adherido en Europa a la escuela fauve (fiera). Esta denominación se debe a que un crítico, al llegar a una de las primeras exposiciones de esta escuela y ver en las paredes los rutilantes cuadros abigarrados, mientras en el centro de la sala se elevaba una escultura de inspiración clásica renacentista, se limitó a mascullar: “Donatello entre las fieras”.

La llegada de este movimiento a Córdoba no fue menos explosiva. Soneira volvió a su ciudad natal con varios desnudos pintados en París, y en los que las carnes se cubrían de curiosos tonos verdes y naranja. No sólo fue un shock estético, sino también cultural. El gobernador Del Castillo ordenó cerrar la muestra.

Pero los amigos de Soneira del arte nuevo no se cruzaron de brazos. Deodoro Roca y Horacio Juárez, según la leyenda, junto a otros amigos de Ernesto y su hermana Rosalía, también pintora, se embarcaron la noche misma de la clausura en una misión secreta que solo quedó develada cuando asomó el sol de la mañana siguiente: las principales estatuas del centro estaban cubiertas con pudorosas ropas interiores femeninas.

 


“Ernesto Soneira, un rugido en la siesta local” en La Voz del Interior, Córdoba, 12 de noviembre de 2000.

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