El futuro llegó hace rato

Jorge Barón Biza | 9 de Septiembre de 1999|

A fines de los ’40 Kosice irrumpió en el aquietado panorama cultural argentino con propuestas revolucionarias. La retrospectiva que acaba de dedicarle el Centro Cultural Recoleta permite reconstruir la trayectoria de este precursor.


Cuando se trata de las vanguardias abstractas de la Argentina, los libros especializados se precipitan en un erudito pero pantanoso fárrago de movimientos (Madí, revista Arturo, arte concreto-invención…), manifiestos, peleas teóricas. A medida que pasan los años, va quedando claro que importan poco las palabras y mucho las obras. Después de ver la muestra retrospectiva que le dedicó el Centro Cultural Recoleta, al espectador le cuesta creer que obras de belleza tan evidente, serena y clásica hayan suscitado polémicas o insultante indiferencia. Pero esta perplejidad que opera en el espectador también es resultado de la labor visionaria y constante de medio siglo llevada a cabo por Gyula Kosice.

El centro cultural reunió todos los períodos importantes de este creador incansable. Aunque no es la primera retro de Kosice, exhibiciones como ésta son siempre bienvenidas cuando se trata de artistas de fuste, porque resultan las únicas que permiten formarse una idea precisa de todo lo que un hombre pudo hacer.

El artista –y sus compañeros de generación, como Arden Quinn, Maldonado, Rothfuss y muchos otros (aunque “compañeros” no sea la palabra más adecuada para denominar las furibundas trifulcas y escisiones del grupo originario- recogió los legados de Kandinsky, Mondrian, Torres García y los futuristas italianos como Marinetti (durante mucho tiempo estuvo de moda negar su influencia) para formular un mensaje muy claro desde sus primeras obras: había llegado el momento de pasar de la contemplación a la acción, de la representación del movimiento al movimiento real, de poner en juego energías físicas además de las visuales, de integrar la arquitectura y las artes plásticas en una nueva concepción del monumento y del urbanismo. Este es el programa artístico que Kosice logró realizar en su larga carrera; ante él, los énfasis de manifiesto (“no busques ni encuentres: inventa”, se decía en la revista Arturo) empalidecen y se destiñen por los saltos de los artistas de una posición teórica a otra.

 

Una época fascinada

Kosice estuvo fascinado por una visión del futuro muy en boga en las décadas del ’40 al ’60, que incluía realidades técnicas (cohetería y satélites), pero también una fantasía que se volcaba en las historias e historietas de ciencia ficción, en el diseño bulboso, en una nueva dinámica despegada de la gravitación. En aquel tiempo, los viajes interplanetarios parecían estar a la vuelta de la esquina. Si después la Historia (como le gusta hacerlo riéndose de las predicciones más sensatas) tomó otro rumbo, ello solo sirvió para resignificar la obra de Kosice y despegarla de adherencias de época.

En 1944, el artista creó la primera serie de móviles del arte argentino, los Röyi de madera, que además inauguraron sin saberlo lo que décadas más tarde se dio en llamar “interactividad”, con participación del espectador. Dos años después trabajó con fuentes lumínicas y algunas de sus obras –asombrosamente parecidas- se anticipan 15 años a las de Dan Flavin. Las diferencias residen, primero, en que Flavin se quedó el resto de su vida en esa línea, mientras que para Kosice no fue más que una etapa en su inquietud fecunda; segundo, que el norteamericano contó con el apoyo de la gran maquinaria comunicacional estadounidense y el argentino no. “Después de todo –escribe irónicamente el crítico francés Michel Ragon-  Kosice no vive en París. Buenos Aires está lejos, así que podemos suponer que no existe”.

Después de esos comienzos, Gyula Kosice encontró el material para expresarse plenamente en el agua y en el plexiglás. La rígida transparencia del plástico alberga las fluidas formas acuáticas, logrando así una síntesis que hoy es inconfundible en el mundo del arte. Esta conjunción de materiales le permitió lograr su gran sueño de movimiento real y fluido. Los primeros intentos son del ’49, pero culminan recién en los ’60 con su Ciudad Hidroespacial, viejo sueño anunciado en la Arturo: “El hombre no ha de terminar en la Tierra”. Este nuevo rumbo abrió para el mundo de la plástica elementos que hasta entonces habían escapado a las posibilidades de los artistas, como la gota como módulo-átomo, el principio de flotación y deriva como nueva movilidad, la cascada como forma inestable incorporada a la obra, y la burbuja como forma aleatoria.

El escultor no se durmió sobre los laureles. En las décadas del ’80 y ’90 trabajó preferentemente el acero, en obras completamente renovadas que, más que la innovación, buscan una elegancia de forma y resistencia característica de ese material. Este joven eterno ha incluido en sus últimos trabajos elementos de computación.

Un consagrado

Gyula Kosice nació en 1924 en el pueblo de Kosice, en la frontera húngaro-checa. A los 4 años su familia se instaló en Argentina. En su juventud escribió poemas surrealistas. En 1944 realizó los Röyi y cofundó la revista Arturo, el germen de la vanguardia abstracta argentina. Al año siguiente cofundó el movimiento arte concreto-invención. En 1946 funda el movimiento Madí, la revista del mismo nombre y realiza sus esculturas lumínicas, primeras en el mundo. Dos años después, el movimiento Madí llama la atención de la crítica mundial con la muestra del Salon des Realités Nouvelles, de París, que le valió la consagración internacional.

Es imposible dar una idea de las muestras en las que participó en todas las latitudes. Se destacan las de Caracas de 1970, donde Soto y Cruz Diez también abrían rumbos en arte abstracto y cinético y, para los cordobeses, la de 1966 en la Galería de Arte Moderno.

Sus primeras muestras se realizaron en la casa del Dr. Enrique Pichon-Rivière y la fotógrafa Grete Stern, porque los primeros abstractos no hallaron galerías que se animasen a mostrarlos hasta que el Instituto de Estudios Superiores y la Galería Van Riel se decidieron, en 1946. De ahí en más, el mundo…

 


“El futuro llegó hace rato”; en Suplemento Cultura de La Voz del Interior, Córdoba, 9 de septiembre de 1999.

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