El desnudo en Córdoba

Jorge Barón Biza | 10 de Septiembre de 1998|

Bajo las severas normas morales de principios de siglo (que no permitían que un varón tomase su recreo al mismo tiempo que las niñas), la llegada del género artístico del desnudo a Córdoba fue una revolución que escandalizó no sólo a las señoras de buena familia, sino también a los políticos.


En 1911, las costumbres en la ciudad de Córdoba eran rígidas. En el mundo profesional del arte, unos pocos maestros (que se habían formado fuera de la ciudad) producían su cuota de belleza. Pero en la Academia provincial, creada pocos años atrás, todas las alumnas eran de sexo femenino. La opinión general afirmaba que eso de andar embadurnando telas con colores “era cosa de mujeres”. Cuando por un artículo providencial de La Voz del Interior en el que se elogiaban los talentos naturales para el dibujo de un chico de 13 años llamado Francisco Vidal, éste fue admitido en la Academia, las medidas preventivas que tomaron las autoridades fueron de acero. El único varoncito no podía tomar su recreo a la misma hora que las otras alumnas y debía entrar y salir por una puerta distinta. Esto es lo que llegó hasta nosotros por una tradición muy firme y verosímil. Sólo dos años más tarde, con el ingreso de Pedone, Gómez Cornet, Malanca y otros muchachos, Vidal pudo hacer sus recreos con otros compañeros. 

Estas precauciones que hoy parecen excesivas y odiosas, tenían una justificación para el fundador y director de la Academia, Emilio Caraffa. Había costado mucho abrir una brecha en las severas costumbres cordobesas y poner en marcha la institución. Un escándalo de cualquier tipo terminaría con tanto esfuerzo.

 

Un problema de piel

En 1915 el gobernador Cárcano le pidió a Emiliano Gómez Clara que volviera de Roma y se hiciera cargo de la Academia provincial. El artista aceptó y trajo consigo a un colega italiano: Tarquinio Bignozzi, quien sugirió y apoyó la iniciativa de empezar las clases de desnudo, que eran comunes en las academias de su país. Cuando ambos artistas llegaron en 1916, el gobernador había cambiado: era Eufrasio Loza.

La novedad del desnudo sacudió los ánimos: “Las clases asombraron a la moral llena de prejuicios de la época, a tal extremo que diversas comisiones solicitaron que se retirase esa enseñanza de la Academia”, como consigna Vicente Gesualdo en sus biografías de pintores argentinos. Gómez Clara era un hombre retraído y muy callado, pero tenía ideas firmes y logró capear el embate. Su pasado era impecable: artísticamente, había triunfado en Europa y recibió medallas directamente de las manos del rey y del papa Benedicto XV. Pintó algunos hermosos desnudos que son hoy orgullo de nuestro Museo Caraffa y los coleccionistas. Otra tradición, oral, menos confirmable que la anterior, rumorea que las primeras modelos cordobesas decían en sus hogares que iban a tomar clases de costura cuando partían para posar.

Los defensores del arte no estaban dispuestos a dar el brazo a torcer ante las prohibiciones. Una de las alumnas, Olimpia Payer, que después sería destacada artista, solicitó audiencia con el gobernador. La joven de tan sólo 20 años era una mujer muy religiosa, catequista, y cuando tenía que ir a la Academia o pintar al aire libre se hacía acompañar por su hermana, tal como era costumbre de la época, puesto que estaba mal visto que una joven anduviese sola. Lo cierto es que el funcionario cedió y nunca más se volvió a suspender la enseñanza del desnudo en nuestra provincia. De esa entrevista sólo se rescató una frase del gobernador: “¡Creía que las niñas se juntaban para bordar!”.

 

 La ropa de las estatuas

Pero si la enseñanza quedó a salvo, las muestras de cuadros tuvieron que sufrir todavía algún remezón. En 1939 regresó a su Córdoba natal el pintor Antonio Soneira. Volvía de Francia, del atelier de Othon Friesz, imbuido de las teorías de los artistas fauves (“fieras”, en francés). Esta escuela se caracterizó por un uso plano del color, sin modelación, y tonalidades disonantes que parecían arbitrarias respecto del color local percibido por el ojo. En una de las primeras muestras del grupo fauve, en París, mientras los cuadros rutilaban en las paredes en medio de la sala se exhibía en contraste una escultura inspirada en el artista renacentista Donatello. Cuando un destacado crítico llegó al lugar se limitó a decir: “¡Donatello entre las ‘fieras’”. Así quedó bautizado el movimiento.

Con estos antecedentes, Soneira expuso en Córdoba las obras que había pintado en Europa, entre las que había varios desnudos. Fue un shock cultural. Probablemente, más que el desnudo en sí, que ya había sido practicado tímidamente por otros precursores, escandalizó el tratamiento pictórico, que mostraba en los cuerpos femeninos tonalidades saturadas de rojos y verdes. Lo cierto es que la muestra fue clausurada por el orden del gobernador Del Castillo, según consigna una monografía sobre el pintor realizada en 1993 por la Cátedra de Historia del Arte de nuestra universidad.

Los defensores del arte dieron otra vez batalla: “Serían entonces Deodoro Roca y Horacio Juárez, entre otros amigos y allegados a los Soneira –consigna La Voz del Interior del 22 de enero de 1995-, los encargados de jugarle a la Docta una pasada que pusiera en evidencia la ridícula censura. Eran hombres y tiempos audaces: “la luz del día siguiente a la exposición aún no terminaba de asomar entre los edificios, cuando el alba en cierne ya mostraba la ropa interior con la que habían sido vestidas todas las estatuas desnudas de la ciudad”. Pero Soneira encontró un obstáculo mayor que la prohibición de las autoridades. El público no se animó a comprar sus desnudos por temor a que, desde las paredes de los hogares, escandalizaran a la familia y a los amigos.

A partir de entonces no hubo episodios explosivos en relación con el desnudo artístico en Córdoba. El género fue aceptado hasta el punto que hoy, sin que nadie se asombre, concurren a las clases de esas disciplinas alumnos religiosos y religiosas que cursan la carrera de artes. Desaparecieron los slips con los que posaban años atrás los modelos varones.

Pero algunas memorias conservar episodios que delatan pervivencias del viejo espíritu antidesnudo. Todavía hoy, algunas modelos no les dicen a su familia o sus novios cuál es el trabajo que realizan, igual que aquellas antecesoras que se inventaban “clases de corte y confección”. No mucho tiempo atrás, en Ciudad Universitaria, los alumnos propusieron a un modelo que posara al aire libre, trepado a un árbol. Este intento de arte nudista (en realidad se quería trabajar con luz completamente natural, que es una situación que a nadie asombra, por ejemplo, en el género del paisaje) fue objetada por estudiantes de la vecina Facultad de Historia. 

Por lo general, los problemas actuales se suscitan por iniciativa de funcionarios intermedios que quieren ser más papistas que el Papa, y que –ignorando el mal papel en el que quedan los censores frente a la historia- terminan por perjudicarse ellos, por poner en aprietos a su gobierno y por hacerle incluso un daño indirecto al arte. En efecto, si bien hoy la censura no es un problema para los artistas en la Argentina, la reacciones trasnochadas corren el riesgo de poner en los medios a un artista por razones escandalosas y no por su talento. De esta manera, la imprudencia de un funcionario puede hacer famoso (por un tiempo) a un mediocre, mientras verdaderos artistas permanecen en el olvido. Este esquema no deja de ser aprovechado por los oportunistas de siempre, que presentan una exhibición de obras rezando para que alguien la censure y consigan así una promoción que no merecen.


“El desnudo en Córdoba: un género perseguido y censurado”, en La Voz del Interior, Córdoba, 10 de septiembre de 1998.

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