El americanismo de Alberto Delmonte: pinturas del 95 y el 96

Jorge Barón Biza | 1999|


Cuando se habla de “americanismo” en el arte de Alberto Delmonte, salta a veces una mirada sorprendida en el interlocutor. No se trata por cierto de un americanismo preciosista, fetichista, que busca la copia de imágenes y objetos, sino de una pintura en la que lo mitológico soporta los elementos plásticos concretos, en lugar de tratar de sugerir ficciones.

La referencia americana básica del arte de Delmonte, se encuentra en el muro, principalmente el muro ciclópeo de sillería irregular, visto desde una distancia próxima pero no mínima, de manera que el paño se convierta en plano, que las razones arquitectónicas utilitarias se pierdan, que las junturas de la sillería irregular asuman plenamente su sentido de señalador de volúmenes y fuerzas, hendiduras en las que un rasgo engañoso de separación de la materia nos revela, apenas tratamos de introducir una hoja de cortaplumas en él, la fusión por debajo de la escisión aparente.

La red irregular y de sorprendentes diagonales y zigzags, es trazada por la necesidad del bloque, el peso y el equilibrio, y las huellas de su construcción son esas grietas-fusión en las que la materia se reencuentra en una disposición intencional: descargar el mito en la construcción. Este es el sentido de la línea de Delmonte y la base de sus estructuras.

A partir de esta trama básica, Delmonte realiza un desplazamiento que marca estructuralmente la plástica delmontiana: la horizontalidad del muro ciclópeo, ya comprometida por las anfractuosidades andinas, hasta un punto que lo distingue del muro mesoamericano, abrazado a la tierra, se convierte en verticalidad plena. Consideradas así, las obras no muy grandes, por lo general entre un metro y un metro y medio de alto, convocan a una monumentalidad virtual sugerida en la relación arriba-abajo, mientas la dimensión izquierda-derecha impone una rígida estrechez. Esta verticalidad reclama una relación con el suelo y el cielo, buscan tocar la tierra, para establecer la vinculación tectónica imprescindible para su sentido. Quedan así establecidas las características fundamentales: se producen afuera del concepto de “arte de galería”, como consecuencia de una acción de construir imbuida de un sentido ritual (y en el rito, que vincula la dimensión humana con la cósmica, salta a la vista la diferencia fundamental con los constructivistas rusos). Este ritualismo sustenta la acción-sentido que salvará a los sujetos del enajenamiento de la repetición utilitaria.

En este punto es necesario destacar que Delmonte ha formado desde cuatro décadas atrás un taller prestigioso en el que haceres, consultas y opiniones forman una estructura de interacción en la que Delmonte no se coloca como director ni consejero, sino como “hacedor” que por haber trabajado más, puede intuir algunas consecuencias. Esta interacción íntima se extiende a otros compañeros artistas y va tejiendo una red que se mantiene al margen de los narcisismos creativos individuales y de los giros bruscos de las modernidades y posmodernidades.

A partir del análisis plástico de la estructura de sus obras, se hace clara la poética delmontiana. Dentro de una cualidad de ensueño abstracto, muy propia del artista, que se expresa a través de tensiones que dispersan la solidez de la sustancia, destaca aún más esta cualidad onírica propia al desplegarla en sus telas en lucha y diálogo con elementos visuales muy severos. En este juego en que lo sugerente está siempre constreñido por leyes plásticas rígidas, éstas apelan a recursos que coinciden con los de la antigua arquitectura precolombina: la preferencia por lo rectangular, presentado en una frontalidad sin ilusiones de fuga, y el gusto por la composición en bandas. Se perfila de esta manera una urdimbre visual con ángulos rectos más sugeridos que dibujados, que en su virtualidad enmarcan y por momento ahogan los elementos simbólicos más explícitos. El destierro de la curva y el arco – otro punto en común con el arte precolombino – realza aún más la lucha patética que en estas telas lo poético entabla con la monumentalidad composicional.

Por su vinculación con la arquitectura, el peso toma un papel preponderante: Delmonte recurre a la ubicación de los puntos de interés y el punto de gravedad sobre ejes horizontales alejados del centro compositivo, y al empleo de colores emparentados por el valor, de manera que los pesos cromáticos crean un campo homogéneo que da más libertad e intensidad a la línea.

Peso, composición frontal y de angularidad zigzagueante, materia pictórica que se presenta en bandas y rectángulos estables, tendencia a la organización tectónica, por un lado; veladuras, falta de pincelada individual, límites duros pero que no encierran espacios, por el otro. Las armas están servidas, y Delmonte organiza su batalla, una interacción entre estructuras sofocantes y ensoñaciones poéticas que constituye el elemento más valioso, original y reconfortante de sus cuadros. Estos recursos, usados con parsimoniosa sabiduría, plasman una obra que – como los grandes pucarás – exige tiempo y serenidad para apreciarla en toda su importancia.


Arte al Día número 75, Buenos Aires, 1999

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