El canto de la lejana libertad

Jorge Barón Biza | 2 de septiembre de 2001|


El pasillo es tan estrecho que las puertas abiertas de las celdas enfrentadas casi se tocan. Es tan alto y sombrío que el techo se pierde en la penumbra que entra por unas ventanitas desde lo alto, tan arriba de las puertas que ni con zancos se podría ver el exterior a través de ellas.

Si se camina en una dirección, se ven las caras de las puertas que normalmente, cuando estaban cerradas, daban al pasillo: rejas sobre una chapa impenetrable y un cerrojo más grande que la mirilla. Todas iguales. Ahora que permanecen abiertas y ya no guardan a nadie, forman una perspectiva uniforme e inútil.

Pero si se las mira en sentido contrario, se ven las caras internas de las puertas, las que daban al interior de la celda: fotos de mujeres, vestidas o en bikini, más Hollywood que televisión abierta, nada de Playboy. Ni un solo pecho ni una sola cadera. El deseo imposible es algo demasiado serio para jugar con él.

La imagen de alguna estrellita norteamericana que no sabe dónde queda Córdoba, Argentina, fue la ilusión inalcanzable de algún condenado que un día, fue trasladado al nuevo y mejor penal del pueblo cercano de Bouwer. Se nota que la estrellita dedicó muchas horas al gimnasio para poder lucir bien en la foto. Gracias estrellita.

Junto a las fotos de cuerpo entero hay retratos en primer plano de rostros, de rubias maquilladas: obras maestras del rouge y las sombras para ojos, tonos sutiles que combinan en una ciencia refinada. Adentro, en las celdas, se pudren ratas y gatos sobre pilas de comida fosilizada.

El guardia tiene más de 60 años, más de 30 años en el servicio penitenciario. Está de vuelta de todo. Mientras dura su turno es el único ser viviente en todo el edificio. No es muy impresionable. Nadie que haya sobrevivido allí es muy impresionable, no importa del lado que esté. En sus rondas nocturnas, cuando pasa por los lugares más oscuros, asegura que lo saluda un tranquilo: “Buen día, maestro”. Pero es siempre de noche. No puede reconocer la voz. Los gemidos y los rumores de pasos lo tienen ya sin cuidado. Por supuesto, es un lugar muy cargado: “Estas paredes han sido testigos de gran número de muertes”, dice.

El guardia conserva memoria de una jerarquía por la que aquí se peleó con todo. Desposeídos de todo, para los presos ser “carteludo” es todo. Cuando no te dejan ser nada, sólo podés jugar a la ganancia mayor: ser un mito. Y el mito se había contagiado a las paredes y las personas: En esta celda cumplió su condena Fulano, Mengano, los códigos internos..

Sólo que los métodos para preservar la fama de los condenados no son tan eficaces como los de los triunfadores de afuera. Los graffitis ya están borrosos, los más notorios dicen:

“Si pudiera comenzar otra vez, todo sería mejor. Allí afuera está la verdadera libertad”.

“Esta soledad, la que se ve como esta, es un asco”.

“Dios, cuidá a mis amores y protegeme de mis enemigos”.

“Prohibido entrar y tocar cosas ajenas”.

“Solamente me interesan los puntos que hacen a lo que está más alto y lo que está más bajo, los que están en el medio, están allí, en la mediocridad, esos no tienen ningún valor, no me interezan (sic)”.

“Ya no creo en nada

ya no creo en ti

ya no creo en nadie

porque nadie cree en mí

pero sé la solución.

Pero por suerte puedo ver

para volver a creer.”

“… pero un corazón

no se endurece porque sí”.

Muchas de las inscripciones son casi ilegibles: se superponen unas a otras, están horadadas por los agujeritos que los presos hacen para tener un secreto tapado con jabón. Se alcanza a leer, raspado en la pared: “Pero la vida no me la pierdo”. Las esperanzas quedan grabadas quizás después de que el encausado salió.

Nadie sabe por qué las celdas de aislamiento y castigo se llaman de aislamiento: una decena de cubículos de tres por dos con siete u ocho presos acumulados adentro. Hay que tener un guía para descifrar los enigmas: las líneas negras en el techo son leyendas escritas con el humo de los encendedores. En la película de Resnais Humo y niebla, el director muestra un techo descascarado. Hay que saber que son las marcas hechas con las uñas por los condenados desesperados. “Dios ayudame a salir de este lugar”, dice una inscripción en la cárcel de Córdoba. La desesperanza es igual en todo el mundo, para todas las razas. Por eso son fundamentales los elementos positivos de la vida para ellos: familia, religión, deporte, ideales.


Tonos y estilos

Las paredes de las celdas tienen por lo general una misma disposición para los ojos: una banda inferior destinada a fotos y leyendas, y una pared entera o un espacio superior en el que señorea una imagen grande, un escudo vinculado con la identidad del grupo y que no se repite en ninguna otra celda. Puede ser un austero Che delineado a plantilla, sin colores; un colorido corazón de Boca atravesado por una rosa; una cara ingenua de mujer delineada a mano alzada muy torpemente y sombreada con lápiz, con las enormes pestañas que le cruzan casi toda la frente de un gris ahumado, el pelo gris, los ojos grises; no le han dibujado el mentón, pero la boca y la perilla son rojas intensas. En otra celda, una imagen del Corazón de Jesús tiene también rasgos descoloridos pero el corazón en llamas es intensamente rojo. En lugar de santos, lo acompañan coches cuidadosamente recortados en cada rueda, en cada faro protuberante, coches para picar libres en las carreteras por esos caminos de Dios. En otra, el opuesto, una cara demoníaca con cuernos que ponen el mundo entre paréntesis, nariz de boxeador, cejas negrísimas que tapan los ojos y una boca abierta que parece llorar en un grito.

En las enormes superficies sin color, o de colores tan desvalorizados que ya no se distingue el pardo del gris, el rojo parece tener una fuerza especial, un tono escaso pero intenso en la cromática de la cárcel. Aparece como un campanazo, pero significa sentimientos distintos en cada caso: Dios, la mujer y el infierno. “Alégrate, Jesús no desprecia a nadie”; “Sole: te dejaré de amar el día que un pintor logre dibujar el sonido de una lágrima al caer. Pino”, Todo lo importante, lo subrayado, va en rojo intenso. Todo en rojo.



La hora de la lírica

Sin embargo, ¿hasta dónde llega la indudable presencia del lugar y hasta dónde los prejuicios? La atención del visitante ha buscado al principio las leyendas e imágenes más impactantes. Pero en una segunda mirada, aparece otra lírica, otros sentimientos más profundos, más importantes.

“Viste como corre el agua cuando para de llover

así corren mis lágrimas cuando no te puedo ver”.



“Hijo mío perdóname si me extrañás

tú me necesitas, que Dios te proteja”.



“En mi vida sólo importas tú

porque desde que te vi

algo dentro mío está cambiando.

El mundo me parece un lugar mejor

Donde se puede ser feliz

El sol parece brillar más

El corazón parece latir con más fuerza”



“Estoy pensando en ti

Estoy pensando en mí

Estoy perdiendo el tiempo

Sin que sepas que estoy pensando en ti”



“El sol tiene calor

la luna tiene amor

cariño mío tu cuerpo me da calor

debes saber que no puedo vivir sin tu amor

porque la soledad es fría como el invierno

y oscura como la noche sin luz.

Ven aquí a mi lado

No me dejes así solo abandonado”.


En las celdas de los travestis hay recortes muy prolijos de floreros y productos cosméticos, apoyados sobre barras que simulan imaginarias mesas de noche. En las celdas no hay mesas de noche. La mesa de noche, un lujo aquí. Los recortes y dibujos de los travestis son más pequeños, más nítidos, están dispuestos en líneas ordenadas, están apoyados y referidos a un espacio imaginario.

Dentro de la misma onda no agresiva de los travestis, hay en otras celdas referencias al amor y la familia y la religión. Los mensajes tienen un tono de esperanza que no se encuentra en los otros: “Dios los ama a todos por igual y nunca pierdas la fe en Dios”; «Señor Jesús, gracias por la alegría de este día”.



Arte hermético

Finalmente, hay un género especial, un arte hermético ante el cual uno se pregunta qué quiso decir el autor. Imágenes que parecen salidas de ninguna parte, sin modelo, sin objetivo: sombreros inverosímiles junto a sables del siglo pasado, animales que no son de este mundo, figuras abstractas o quizá inacabadas. Los textos no son menos misteriosos:

“Saltarlo no es muy difícil

lo difícil es encontrar quien lo haga”



“Si vivir es perderte,

Prefiero morir y no tenerte”.



“Amor, liberame de las razones por las que tú prefieres llorar y yo prefiero volar”.


¿Literatura del verdadero límite? ¿Literatura del otro lado del límite? Aquí nadie jugó al surrealismo ni al dadaísmo. El contrasentido, el absurdo, lo incomprensible tuvieron aquí un valor existencial que hace que nos ríamos de todos los experimentos de la ciencia literaria. Estos textos ponen también a los que los leen en el límite, sobre todo si se los lee aquí, en las celdas abandonadas para siempre, evacuadas sector por sector, con los internados que dejaban atrás repisas con quesos que hoy tiemblan agusanados.

Estos pocos textos ambiguos y herméticos resumen los otros, los de odio, amor o salvación. Estos son los textos del misterio. No se trata de misterios policiales, sino de un misterio que anidó en lo más profundo de unas vidas destruidas y que sin embargo conservaron y recibieron la fuerza para tratar de rehacerse y también la fuerza del amor (ver Vuelve para borrarlo). No son textos que tengan una finalidad segura: no lloran, no bendicen, desconciertan. Y ese es quizá el último derecho de las experiencias de este lugar: el derecho al misterio, el derecho a no mostrarse enteramente a pesar del hacinamiento, del panóptico vigilador, de las requisas. El derecho de proclamar que, después de todo, las víctimas conservan ese rincón al que no ha llegado nadie y que, quizá, explicaría todo, que en el misterio del hombre reside el amor y su redención.


Las puertas de las celdas muestran una cara común, afuera, y una privada, adentro.

Diseño simétrico en una de las celdas.

Autos, mujeres y Cristo, una mezcla singular de signicados.

En un rincón, los dibujos comparten territorio con los textos.


Investigación: Rosita Halac

La Voz del Interior – 2 de septiembre de 2001

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