Un multimedios del siglo XVIII

Jorge Barón Biza | 25 de Junio de 2000|


Una constelación demasiado poderosa de ministros ilustrados, jansenistas y enciclopedistas liquidó la Compañía de Jesús, entre 1759 (arresto y expulsión a Roma de los jesuitas de Brasil y Portugal por orden del Marqués de Pombal) y 1767 (decreto de expulsión por Carlos iii de España). Entre los religiosos que tuvieron que emprender el precipitado regreso estaba Florián Paucke (o Baucke), nacido en 1719 en Wirzingen, Silesia, por entonces provincia del Imperio Austrohúngaro, verdadero rompecabezas de más de veinte nacionalidades, culturas, etnias y lenguas.

Por el análisis del manuscrito en alemán, de sintaxis sinuosa y vacilante, con acepciones imprecisas en el que flota una sensación de que, al leer, la palabra exacta está siempre cerca pero es inhallable (y que la respetuosa traducción conserva), algunos estudiosos informan que la lengua materna del misionero no era el alemán, sino el checo.
Paucke, como toda persona que se hallase en Sudamérica en esos tiempos (llegó en 1749), debió hacer de todo si quería hacer algo: aprendió y enseñó agricultura, tejeduría, herrería, carpintería. Ejecutar una obra musical implicaba, en su solitaria misión, escribirla, construir los instrumentos, enseñar a los músicos y dirigir los ensayos. Después de unos años en Córdoba para adaptarse al nuevo medio, fue destinado a la misión de San Javier, en la actual provincia de Santa Fe (no confundir con el San Javier de Misiones). Se encontró en un medio físico completamente diferente de su Europa natal, pero la sociedad era tan heterogénea como la del Imperio Austrohúngaro: etnias locales muy diferenciadas culturalmente, españoles dormidos por su hegemonía, numerosos esclavos negros, portugueses, judíos conversos y una libre mestización.


Cuando fue expulsado, sufrió el mismo destino que sus compañeros. El ataque contra los jesuitas fue eficaz y a fondo, hasta el punto que la misma orden fue suprimida por Clemente xiv en 1773 y no se la restauró  hasta 1814. Los miembros debieron subsistir como sacerdotes seglares o trabajando en la biblioteca de algún noble. Paucke escribió sus memorias americanas en Neuhaus, ilustradas con unas cien acuarelas que hoy son un clásico de la iconografía argentina. La versión alemana de la obra conoció varias reediciones en Europa. Una copia precipitadamente manuscrita se halló en el monasterio de Zwettl, donde el estudioso argentino Guillermo Furlong la estudió y la dio a traducir a Edmundo Wernicke, hacendado arruinado que tenía que ganarse la vida con su impecable alemán y sus sólidos conocimientos culturales. Un extracto del original apareció en español en 1942 editado por la Universidad de Tucumán. Ahora aparece el primer tomo de una reedición cordobesa que incluirá todas sus ilustraciones, ambicioso emprendimiento editorial.


En contra de lo que pueda creerse, el golpe político a la orden llegó en un momento de florecimiento cultural. Después de muchas vacilaciones, la orden había aceptado a mitad del siglo xviii incorporar a su esfera de intereses las ciencias naturales a través del método experimental. De esta manera, y a pesar de sus rivalidades políticas, se colocó, en ciertos terrenos, cerca de los racionalistas, sus archienemigos políticos. Los jesuitas tuvieron incluso su propio proyecto enciclopédico, el Diccionario de Trévux, orientado más hacia el detalle descriptivo, a diferencia del proyecto de los enciclopedistas franceses, que buscaban en las palabras sentidos profundos y amplios. Todas estas circunstancias históricas pesaron en la manera de escribir de Paucke. El religioso produjo un texto en el que se suma la crónica (y no sería en vano estudiar el gusto actual en estas tierras por las narraciones road, y su vínculo con la antigua literatura de crónica) y la minuciosa descripción textual y plástica, a veces digna de Robbe-Grillet. Lo curioso del caso Paucke es que el arte que más dominaba era la música. De hecho, viajó de su misión de San Javier a Buenos Aires para presentar a su orquesta de mocovíes. Por desgracia, de las alabadas composiciones de Paucke no ha sobrevivido ni una, de manera que de este hacedor que también dominó el complejo de artes multimedios que la Contrarreforma empleaba para atraer conversiones, sólo quedaron sus textos escritos quizás en una lengua que no era la materna y las imágenes, en cuya factura era casi seguramente autodidacto. El dibujo intensamente descriptivo de Paucke tiene una cualidad muy original, una ingenuidad muy distinta de lo que hoy se conoce como “pintura ingenua” en Argentina, que en la mayoría de los casos contemporáneos no es más que una falsa infantilización. En ingenuo de Paucke es un “ingenuo necesario”, una tensión entre la falta de pericia y la necesidad desesperada de ilustrar una realidad real, y no –como ocurre hoy– una representación de los caprichos entresoñados por señoras pseudo “naïf”. Este rasgo se complementa con la vivacidad de las escenas de grupo, en las que el dibujo inseguro logra sin embargo plasmar las actitudes de los personajes e incluso atisbar en su psicología.


Estas escenas colectivas quedan como un antecedente, sin influencia, de la pintura de Cándido López, y el espectador se pregunta hasta qué punto no era el paisaje de llanura el que fuerza las mismas respuestas. La composición en la que el grupo humano toma configuraciones que empequeñecen lo individual, la necesidad de actitudes teatrales de los líderes para que puedan ser vistos en la inmensidad, los horizontes altos en el plano, para que el cielo vacío no invada la imagen, hasta imposibilitar el relato.


El proyecto jesuita llegó a albergar a cuarenta mil personas en territorio argentino, un diez por ciento de la población. En su concepción había simientes que permitían una relación más armónica entre campo y ciudad, que las relaciones con los indígenas tomasen ciertos tonos de persuasión (y para ello había que estudiar y respetar las lenguas nativas como hizo Paucke con el mocoví) que la relación con Europa se resolviese en una importación del know-how rápidamente aplicado con caracteres autónomos en tierras americanas, todo ello en franca oposición al ya anacrónico proyecto del Imperio español. Estas posibilidades fueron abortadas a la manera sudamericana: en una noche, por corte brusco, por vías políticas, sin cuidar una tradición de dos siglos, sin preservar lo que había de valioso en el proyecto.


Publicado en Radar Libros, Página/12, 25 de junio de 2000

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