La sonrisa de mamá

Jorge Barón Biza | 7 de Junio de 1998|

Raúl Baron Biza desfiguró con ácido la cara de su segunda mujer y se suicidó. Un hijo del escritor maldito, Jorge, hace ficción a partir de la agónica reconstrucción de la cara de su madre.


“El ácido es muy especial”, me dijo el médico después de la primera cura en el quirófano, cuando me encontró en la salita de recuperación, aunque no parecía dirigirse a mí, sino a una audiencia invisible.

– No nos llegan muchas quemaduras de ésas- hablaba sin prisa-. Por ahora no se puede injertar; hay que ir quitando cada día la carne necrosada, hasta que el ácido se aplaque. No crea que me gusta hacerlo. Es un proceso de exposición de lo interno, una impudicia. Las quemaduras de fuego nos permiten tapar en seguida; cuanto antes se tape todo, mejor: la naturaleza retorna sola a sus cauces sensatos. Usted sabe, en nuestro país todo se cura naturalmente, sin mucha intervención de nadie. En el caso de ella, no voy a poder dormir hasta que le coloque injertos y cubra todo ese delirio.

– ¿Cuánto dura el proceso?

– No sé. Pero hay que estar muy seguro de que el ácido haya perdido su poder; si no, el injerto no irriga, no se produce hemostasis.

– Pero, más o menos…

– Yo, para estar bien seguro, esperaría unos veinte días, a lo mejor quince, depende… Después de ese período, colocar los injertos va a llevar unos meses. ¡Qué profesión, la mía!- se recostó sobre una pared y miró al vacío-. La incertidumbre es la maldición de esta especialidad.

Cuando volvió del quirófano, a Eligia le faltaba parte de las mejillas y tenía vendadas las dos manos. En la cama, se las ataron a unos soportes; el médico no quería que se tocase la cara, ni siquiera en sueños.

Así empezó la imposibilidad de Eligia de asistirse por sus propios medios. Las enfermeras se ocuparon de servirla con eficiencia. Alguien había retirado el espejo del baño y -al atarle las manos- la privaron también de la perspectiva que, desde su tacto, podía constituirse de ella misma. A partir de ese momento, sólo conoció lo que ocurría en su cuerpo a través de su imaginación, que se alimentaba con palabras sueltas que escuchaba a los que la asistían.

Del fondo de las mejillas de Eligia se desprendía a lapsos irregulares un arroyito de sangre o exudado, que sólo era perceptible cuando llegaba a la sábana, porque sobre su carne sin piel y brillante el líquido no se distinguía, de modo que yo vigilaba con mucha atención para descubrir por dónde se escurría, y enjugarlo antes de que manchase la sábana inmaculada. Para mí, el afán por evitar que las sábanas se manchasen se convirtió en una obsesión. Si fracasaba, la mancha se expandía sobre la tela, antes de tornarse parda y detenerse. Trataba de lavar la huella por mis medios, pero sólo conseguía emborronar más aquella sangre ya seca. Entonces, no me sentía en paz hasta que cambiaban la ropa de cama; percibía como una falla grave esa presencia de la mancha.

Durante las primeras semanas, nada fue estable en su carne. Mientras algunos sectores de su cara se vaciaban, otros se hinchaban como frutos inciertos que parecían nacer maduros, prometiendo algún jugo succionado de los vacíos cavernosos que se empezaban a abrir cerca de esos extraños florecimientos. Yo procuraba echar miradas esperanzadas sobre estas formaciones, pero con el transcurrir de los días me resultó cada vez más difícil, porque lo que hoy prometía ser una manzana en la mejilla, mañana se transformaba en una pera roja, y al día siguiente en una frutilla inmensa. Su cuerpo se convertía en un ritmo de vacíos y tensiones. Esta capacidad de transformación de la carne me sumió en el desconcierto. Traté de proyectar algo fructífero sobre lo que veía, pero mi tranquilidad sólo llegó cuando acepté todo lo que ocurriera como incomprensible y regenerador, fuerza que renovaba el tiempo y la materia cada vez que Eligia volvía del quirófano mostrando sus frutos completamente distintos, que yo ya sabía que no eran promesas dirigidas a una maduración.

Tuve la vaga sensación de haber visto algo parecido a esta superposición de frutos y cara en algunas imágenes de arte. Pero ahora era testigo involuntario de los caprichos de una sustancia torpe y descontrolada que no se molestaba en borrar o pulir sus propios esbozos.

Transcurrieron quince días. La parte anterior del cuello se fue acortando poco a poco. Yo acomodaba las almohadas para que los chamusqueados tendones no tironeasen. La cara y el cuerpo quedaron juntos pero sin conexión, como si un capricho eventual los hubiese reunido.

Lo insólito ocurría en las mejillas. La ablación parcial dejaba rebordes de carne que aumentaban la hondura de las cavidades, en donde el borbotón de colores ofrecía una falsa sensación exuberante, pintura feroz realizada por un artista embriagado de sus poderes.

En el fondo de los pozos que cavaban los médicos, reaparecían cada mañana, después del quirófano, los colores alegres del primer día, los colores de las heridas frescas, que delataban la vida y prometían curación. Al comienzo, pude creer que aquel incendio tenía una belleza armónica: los tonos se definían recíprocamente por complementos o vecindades. Algunas zonas tomaban el mismo valor de saturación, pero cuando había diferencias de intensidad, se compensaban, de manera que a un púrpura muy intenso lo rodeaba un violeta desvalido. Si dos manchas se desequilibraban hasta que predominase un tono sobre otro, en la próxima curación la situación se invertía.

Este florecer estrafalario cesó por causa de las rocas. Después de las dos semanas empleadas en remover las necrosis, le aplicaron los primeros, apresurados injertos. El ritmo de las intervenciones quirúrgicas se calmó, y las idas al quirófano se espaciaron más y más en los tres meses siguientes. Eligia dejó de ser brillante y se tiñó de una costra oscura y opaca. El tiempo de los colores había pasado y llegaba el tiempo de las formas. Sobre la piel se dibujaron líneas que se extendieron por caminos inesperados. Las corrientes de ácido se manifestaron con taimado retraso, moldeándose sobre la carne, erosionándola, transmutando la vida en geología, no una geología sedimentaria y horizontal, sino un trazo de la actividad volcánica, que aparecía ya enfriada y con pretensiones de eternidad, estable, fija e inexpresiva como el desierto.

El exterior había cobrado una importancia que rivalizaba con el interior. Ya no se moldeaba en Eligia una forma apoyada sobre los huesos, sino que un nuevo principio estructurante competía tironeando desde la superficie. Los músculos se adaptaban a un sistema de leyes en el que las tensiones de la piel y los relajamientos de las cicatrices contaban tanto o más que las articulaciones y los apoyos firmes, como si al quedar descarnados, los huesos hubiesen perdido parte de su eficacia formal y tuviesen que competir con los injertos por el modelado del cuerpo.

En aquel día de la agresión, el ácido había llegado a la cara de Eligia de abajo a arriba: se había puesto de pie con sus consejeros jurídicos, convencida de que la entrevista con Arón había terminado, todavía temerosa, pero con la esperanza de haber resuelto el problema definitivamente –todo estaba arreglado, ahora sí el divorcio después de tantos años-. Arón permaneció sentado y sonriente, sirviéndose de una jarra un líquido que parecía agua. Las marcas del ácido quedaron, entonces, orientadas de una manera que contradecían la ley de gravedad

La transformación de la carne en roca tapó los colores brillantes. Comprendí que, para mí, había terminado la ilusión de las metáforas. El ataque de Arón convertía todo el cuerpo de Eligia en una sola negación, sobre la que no era fácil construir sentidos figurados. La fertilidad del caos la abandonó. Sólo con el transcurso de los meses pude comprender esto en su acepción completa, y más adelante supe cómo la imposibilidad de ver metáforas en su carne se convertía para mí en imposibilidad de pensar metáforas para mis sentimientos.


Publicado en Página/12, Suplemento “Radar/Libros”, Buenos Aires, 7 de junio de 1998. (Fragmento de El desierto y su semilla)

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