Carta al pito

Jorge Barón Biza | 2000 |

Jorge Barón me llamó esa tarde y me dijo, “acá va el anticipo para que lo leas y lo publiques cuando puedas”. Carraspeó y parecía que se reía: “Estoy tratando que la saque una editorial de España pero todavía no me contestaron. Está buena, vas a ver”. Me saludó con el cariño de siempre aunque nos conocíamos poco y cortó el teléfono. Fue la última vez que lo escuché, unos meses después Jorge Barón Biza, el gran escritor, decidía su muerte y nos callaba la boca. El texto quedó en mi archivo hasta que pudiera darlo a conocer y ha llegado la mejor oportunidad: para que todos volvamos a leer la pluma del increíble Barón.


Mayo de 1956 

Es una queja formal la que te dirijo. Íbamos bien: en baja, pipí; en alta, tibieza seca y misteriosa. Pero ahora esta sorpresa: en alta, pipí también. Además, has entrado en un exceso de altas y eso me molesta. Eran tibiezas serenas, antes de dormir, como canciones de cuna o el murmullo de la profesora de italiano, que pronunciaba tan claro y despacio, aunque distinto del de la bisabuela, que quiso enseñarme a mí y se fue enojada porque decía que ya estaba yo arruinado por años de «tedesco e inglese» salvajes; el de la profesora tampoco se parecía al de Gassman en Mambo, que es con Silvana Mangano. Los calores que ahora me mandás son excesivos, demasiado rígidos y demasiado tenaces. Subís y te enganchás en el elástico del suspensor y no te tranquilizás aunque haya gente cerca, ¡profesores! Yo soy un chico serio. ¿Qué hago con ese globo de carne caliente que no me deja en paz y que se infla hasta cuando estudio física, que no sé nada y tengo parcial y no quiero llevármela porque no y porque soy el primero de la clase? Sólo te calmás –lo sabés mejor que yo– cuando salpicás ese pipí nuevo que se te dio por fabricar, que admito que es de color más lindo y puro que el pipí viejo y amarillo, que seguís haciendo cuando estás blando. Pero la consistencia del nuevo es más cremosa, y eso deja unas manchas almidonadas que no sé por qué causan tanta gracia en la mucama cuando prepara la ropa para lavar. No sé tampoco por qué la mucama se pone a jugar conmigo como si fuese un chico de cinco años si ya soy grandecito. Me abraza y me mete las manos por todas partes para hacerme cosquillas y me toma la mano y la guía por adentro de su ropa y siento su piel suave hasta que me la lleva a unos pelitos duros (cuando los acaricio recuerdo una vez que en la huerta pasaba la mano por plantitas de lechuga recién brotadas y de pronto mi mano se encontró con la tierra húmeda) y después se queda tirada en el piso o en la cama que estaba tendiendo, con las sábanas manchadas igual que el suspensor. Es como si esa mujer estuviese atada, por algo que no entiendo, a esas manchas de crema que se transforma en cartón. Pedí que me compraran calzoncillos del tipo boxeador, para que no te enganches y salpiques, pero papá gruñó algo de «andar con todo suelto» y me compró suspensores todavía más apretados, con un elástico anchísimo, y apenas te enganchás ahí estoy perdido. Estábamos mejor un año atrás. Así no te quiero. Para colmo ya no me dejan jugar más. Me miran como si fuese idiota si saco mis soldaditos de plomo, y cuando vos me despertás trato de distraerme jugando con ellos a escondidas… Yo, que ya no puedo jugar en público; y vos, que no hacés otra cosa que jugar a escondidas. Me complicás la vida. A veces me viene como bronca, bronca de verdad, y preferiría que no estés. No te corto, porque entonces yo sería una mariquita, pero a veces sueño con que no estás más, como cosa de magia: no estás pero tampoco soy mariquita… Pito, te propongo un trato: ahora te toco, tres, cuatro caricias, hasta que te calmés y quedes blando y me venga esa sensación de paz, como era el año pasado todo el tiempo, que tanto me gusta, que es lo único que vale la pena de todo este lío, y que se parece a lo que dice el padre Hilario sobre el paraíso, donde seguro que no hace falta acariciarse. Después de las caricias prometéme que vos te quedás tranquilo para siempre, como si ya estuviésemos en el paraíso. Nada de volver a engancharte en el suspensor. ¡Te das cuenta de que necesito paz yo también! Cambiamos caricias por paz. Te acaricio hasta secarte, aunque haga falta furia en los últimos intentos. Después nos duchamos juntos y te dejo bien limpito, como si acá nunca hubiera pasado nada, como si nos hubiéramos bautizado. Pero después vos me prometés que vas a quedar siempre sereno, que me vas a dejar estudiar vectores. ¿Estamos? Para siempre sereno, blandito, sin hacerme pasar más vergüenzas, sin mojarme con cremas. ¿Aceptás? ¡Aceptá! ¡Qué te cuesta, si total para vos es menos trabajo! Ojo que el que calla, acepta… Bueno, empezamos. A partir de ahora empieza mi nueva vida: la de un verdadero caballero que no tiene nada que esconder. Aquí termina la carta. Mario P.S.: ¡Trampa, Pito! Me hiciste trampa y estás otra vez enganchado en el suspensor, curioseando por el ombligo. ¡Trampa y traición y falta de palabra! No sos un caballero, sos un mocoso y sólo producís mocos y lágrimas. 


“Carta al Pito” es un fragmento de su próxima novela, Una mujer en lo alto, en la que narra las peripecias de un grupo de adolescentes porteños vírgenes que viajan al interior para debutar, y llegan a La Quiaca tan vírgenes como cuando partieron. Misteriosos efluvios de conquistadores españoles, colonizadores de la generación del 80 y ejecutivos modernos los tutelan en sus intentos.

“Carta al pito” publicado en el blog Killerjuanita, año 2000.

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