Un tesoro de arte latinoamericano actual

Jorge Barón Biza | Julio 2001|


Después de 35 años de sombras han vuelto a salir a la luz las obras premiadas de las Bienales IKA de Córdoba, Argentina. Estaban en el depósito del Centro de Arte Contemporáneo de la misma ciudad y su rescate pone de manifiesto la necesidad de encontrar un lugar permanente de exhibición.


En una época de mucho interés para el arte de todo el continente -de 1962 a 1966-las Bienales IKA fueron las únicas en todo el mundo que se dedicaron exclusivamente a Latinoamérica. Basta citar a los artistas que participaron para tener una idea de su importancia: en la primera fueron premiados, entre otros, Raquel Forner y Rómulo Macció, de Argentina, y Manabú Mabe (Brasil); en la segunda, Alfredo Da Silva (Bolivia), Enrique Rivas-Galdós (Perú), Alejandro Obregón (Colombia), Jesús Rafael Soto (Venezuela), Osvaldo Viteri (Ecuador) y Rodolfo Opazo (Chile); en la tercera, Carlos Cruz-Diez (Venezuela), Ernesto Deira (Argentina), Jorge de la Vega (Argentina), Rodolfo Opazo (Chile) y César Paternostro (Argentina).


Estas bienales fueron precedidas, entre 1958 y 1962, por los Salones IKA, que sirvieron para adquirir experiencia organizativa y que reunieron también a importantes artistas de América latina.


Según la principal estudiosa del tema, la profesora María Cristina Rocca (Publicación N1/410 del Centro de Estudios Avanzados de la Universidad Nacional de Córdoba), las bienales se realizaron «en una ciudad industrial en ascenso, patrocinadas por una empresa de capital mayoritariamente norteamericano, durante un período económico y social caracterizado como desarrollista».


Este contexto sociopolítico móvil e inquieto permite diferentes interpretaciones de las bienales, desde las que las ven como plataformas consagratorias de talentos que después ratificaron su importancia en el nivel mundial y como cajas de resonancia de nuevas tendencias mundiales que tuvieron en las décadas siguientes mucho peso en nuestros países, hasta la visión de izquierda que vio en ellas políticas culturales colonialistas enmarcadas por el conflicto de la Guerra Fría.


Lo que nadie pone en duda es la repercusión de público que tuvieron. En una ciudad de hábitos tradicionales incluso en arte, las bienales llegaron como campanazos estéticos y sus habitantes participaron con entusiasmo, aunque algunos lo hicieran para decir que eso «no es arte». El espíritu de la ciudad cambió definitivamente, hasta el punto que puede decirse que hay un antes y un después de las bienales en la historia del arte cordobés.


De acuerdo con los tiempos de industralización que se vivían y la fe en la ciencia aplicada que alentaba en muchas mentes, las bienales dieron lugar muy especialmente a la relación arte-tecnología, principalmente al cinetismo, que era la tendencia que más se interesaba en la incorporación de elementos tecnológicos al arte.


Las visitas -en calidad de jurados o invitados- de grandes figuras del pensamiento estético dejaron huellas también en los ámbitos artísticos de aquel período. Desde Herbert Read hasta Pierre Restany, pasando por Alfred Barr, director del MOMA de Nueva York; Arnold Bode, de la Dokumenta-Kassel; el arquitecto Carlos Villanueva (Venezuela), diseñador de la Ciudad Universitaria de Caracas, y el crítico argentino Aldo Pellegrini.


La reaparición de estas obras permite también comprobar cómo lo que en un tiempo causaba escándalo hoy es tomado con toda naturalidad por el público, no sólo de arte sino también por el hombre de la calle, que, gracias a los precursores de las bienales, ha incorporado lenguajes visuales que lo enriquecen.


Revista Arte Al Día Nº 87 –  Julio 2001

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