Mapas humanos

Jorge Barón Biza | 22 de Marzo de 2001|

El 12 de febrero de 2001 se anunció la conclusión de la primera etapa del proyecto Genoma Humano, el mapa de los 30 mil genes del hombre. Los medios de comunicación destacaron la noticia y sus consecuencias más importantes en todos los terrenos. Estas novedades ya han tenido también repercusión en el mundo del arte.


Genoma humano empezó sus investigaciones en 1990 y unos cinco años después algunos artistas inquietos se internaron en los mismos senderos que la ciencia. Uno de los primeros fue el fotógrafo Gary Schneider, quien en 1997 presentó su instalación Autorretrato genético, después de un año de trabajo cotidiano en contacto con la doctora Dorothy Warburton, especialista en ADN del hospital Columbia Presbyterian de Nueva York. Se trata de 55 fotos tomadas con distintas técnicas médicas modernas.

El mismo Schneider –tal como lo dice en la revista Artnews de abril de 2000- se encontró con un giro inesperado en su trabajo al darse cuenta que el camino emprendido lo llevaría a saber si había heredado o no el gen que podría haber causado la muerte por cáncer de su madre. “¿Cuál es el límite de mi propia introspección?”, se preguntó Schneider.

 

La identidad

Más allá de las implicaciones en medicina, es obvio que la genética ofrece nuevas maneras de expresar la identidad y que esos senderos se han convertido en temas de primera línea. Ya sea por observación microscópica o por elaboración de los datos a través de computadoras, la genética ofrece imágenes que nos definen con más precisión que lo que habitualmente se llamaba nuestro “retrato”. De hecho, hoy la justicia confía mucho más en un análisis de ADN que en un identikit…

Los retratos tradicionales han tenido siempre una cualidad instantánea, de suspensión del tiempo. De hecho, son pasto de la nostalgia: podemos ver a Fulana cuando era joven y a Mengano, que ya no está entre nosotros. Las claves temporales no las da el retrato del cuerpo mismo, sino los objetos que lo acompañan, especialmente la ropa.

Las imágenes genéticas, en cambio, tienen cualidades temporales muy particulares: no varían exteriormente mientras no actúen sobre el genoma fuerzas externas. Además de la invariabilidad, hay otra característica importante de las imágenes de la genética: en ellas se encuentran representadas las generaciones que intervinieron en la formación del individuo, son algo así como “la semilla del árbol genealógico”, lo cual ofrece posibilidades muy originales en un género que estaba olvidado, el viejo retrato de familia.

Otro artista plástico de origen español, Iñigo Manglano-Ovalle, trabajó asistido por la doctora Suzanne Hart con los análisis de polimerasa en reacción de cadena. Por procesado en computadora, Manglano-Ovalle obtuvo imágenes etéreas, encadenadas, de un metro y medio de alto. De esta manera se internó en un problema que absorbió la atención de muchos artistas del siglo 20, empezando por Duchamp: la conciliación del retrato con la abstracción.

Pero el artista no se detuvo allí. Invitó a sus “modelos” (equiparables ahora a donantes de material genético) a elegir a otras dos personas entre sus familiares. Las fotos de sus ADN fueron colgadas como trípticos: obtuvo los primeros retratos de familia precursores del siglo 21.

El año pasado, Manglano-Ovalle organizó en Washington una muestra más polémica aún: en Bancos rosados y celestes presentó bancos de esperma preservados por frío, teñidos de rosado o celeste, según su virtud de engendrar mujeres u hombres. De esta manera aludía a la posibilidad que ofrece a los padres la nueva ciencia de elegir el sexo de sus hijos. Como la exhibición se realizó en una universidad y no en una galería privada, las autoridades académicas exigieron que las muestras criogénicas fueran destruidas después de la presentación pública. El artista se negó con un misterioso “el proyecto rosado-celeste continuará después de la muestra”.

Todo terminó en una madeja de juicios en los que intervienen también los donantes de esperma. Los abogados vieron en el escándalo tan buenas posibilidades económicas que se fundó la Corporación Rosado-Celeste.

 

Verlo todo

La curadora de la exhibición, Ronda L. Howard, puso énfasis en que la mayoría de los visitantes dijo que les parecía más un ejemplo de arte minimalista que imágenes vinculadas con cuerpo y sexo: “Esta es una nueva exploración del retrato. El retrato habitual se queda en la exterioridad. Aquí, aunque sabemos que estamos en los fundamentos de la identidad, no sabemos exactamente qué estamos viendo”. Las viejas ensoñaciones de Mary Shelley respecto de Frankestein vuelven a cobrar vigencia.

Las imágenes geneticistas deberían también ser la meta final de la pornografía y su ambición de “ver todo, hasta el fondo”, ambición ahora extendida a los reality shows. Este deseo se origina en la suposición de que en cada ser humano anida un secreto fundador de su identidad. “Mi tarea –afirma Yousuf Karsh- como fotógrafo es revelar ese secreto si puedo. La revelación, si se produce, llegará en la fracción de un segundo con un gesto inconsciente, un breve alzamiento de la máscara que todos llevamos para esconder nuestro yo más profundo…”

Estas palabras provienen de lecturas ingenuas de algunos textos psicoanalíticos, y se fundan en una idea del yo que es radicalmente cuestionada por los pensadores contemporáneos, que se inclinan más por un “yo proteico”, multiforme. Inevitablemente, los planteos de la genética en el campo estético llevan a la compleja reflexión filosófica sobre las diferencias entre el “yo” como sujeto y objeto del arte.

 

Cuerpos en observación

La artista francesa Mona Hatoum en su video instalación Corps étranger en 1994 empleó la propia endoscopía para ofrecer imágenes de su estómago, esófago e intestino, y otros viajes a través de todos los orificios del cuerpo. Hatoum alega que conocemos nuestra piel pero desconocemos por completo nuestro interior.

No es así. Los artistas siempre acompañaron a los científicos en sus exploraciones anatómicas, desde el tiempo en el que el médico flamenco Andrea Vesallio diseccionó los cuerpos humanos en el siglo XVI. Sólo que se resistieron a hacer del destripamiento un género estético.

De los conocimientos que los artistas adquirieron de estos experimentos nació, si, una nueva forma de pintar el cuerpo y el rostro. A la forma bidimensional medieval, que privilegiaba lo simbólico, sucedió una mirada en profundidad, en la que acentuaban las “raíces” de la piel –los músculos, órganos, huesos, y aun la fisiología- con un modelado que requería de toda la ciencia anatómica para sugerir los volúmenes más sutiles.

En el siglo 20, el norteamericano Robert Raudchenberg incluyó imágenes radiográficas de su propio cuerpo en las enormes litografías que realizó a fines de los ’60. Veinte años después, la artista australiana Justine Cooper empleó imágenes de resonancia magnética para su Autorretrato. Todas las técnicas de investigación corporal por imágenes fueron exploradas por el arte.

Hay testimonios de que Leonardo Da Vinci visitaba los hospitales y charlaba larga y familiarmente con los moribundos solitarios. Esa misma noche, o a la mañana siguiente, practicaba la disección de sus cuerpos. Detrás de esta aparente crueldad, encontramos quizás la medida más profunda del humanismo: la convicción de que la psiquis o el alma, como se prefiera, y su forma, la palabra, no van a aparecer en las disecciones, que no se plasman en las imágenes de la ciencia médica.

Ninguna de las creaciones de los intrépidos artistas exploradores del cuerpo despierta hoy la empatía que suscita el retrato o la biografía tradicionales. Ninguna disección, ninguna imagen genética llega tan hondo como una confesión sincera. ¿Llegaremos en el futuro a emocionarnos hasta las lágrimas frente a una cadena de cromosomas? No hay Ingres ni Proust en la genética… todavía.


 “Mapas humanos. Artistas en el camino de los descubrimientos genéticos”, en La Voz del Interior, suplemento Cultura, Córdoba, 22 de marzo de 2001.

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