Isidoro Cañones, personaje trágico*

Jorge Barón Biza | 8 de Julio de 1971|


Como todos los prototipos argentinos, su vida es una tragedia y el telón de fondo la tristeza.”

Observa a Don Fierro, su compañero de publicación, saca las conclusiones del caso y se defiende como puede.

Con un pie en las “buenas familias”, sus penurias económicas lo llevan a frecuentes incursiones por la trastienda de la sociedad. Ya tenemos un contraste, ya la tragedia. Lo enrolaron en una clase que no disculpa el menor desfallecimiento económico. Todos llegaron a esa crema de manera dudosa; no hay argumentos de fondo, salvo el dinero, que los aglutine. La burguesía menor o el proletariado no lo aceptarían, pues únicamente conciben y desean el ascenso social. Le queda el lumpen, suma de seres desarraigados que no hacen cuestiones de principios. Pero no es una categoría que haga feliz a sus integrantes.

Huérfano desde siempre, no conoce el amor. “Es inmune a todo lo que no ha nacido en él. Es el hijo primero de nadie que tiene que prolongarlo todo”. Sin madre o hermanos, tampoco puede permitirse el lujo de un romance en serio. Evita cuidadosamente encontrarse con seres que no estén en el juego que él acepta resignadamente. Nadie lo querría ni lo aguantaría enamorado; no corre peligros en este aspecto, su contorno le brinda pocas oportunidades de terminar en esa forma.

Como el Hombre de Corrientes y Esmeralda, “su ideal más tenaz es no tenerlo”; está solo pero no espera. El gaucho era vago, el malevo se tiraba en la catrera al menor contratiempo; ambos se consolaban en la altanería y la amistad, Isidoro es ocioso como ellos; como todos los argentinos también es orgulloso; pero no le quedan amigos. La amistad cumplió su ciclo en el país: primero Cruz, jugándose la vida y acompañando hasta la muerte a Fierro; luego el personaje de los tangos, esporádicamente encontrado en un boliche y con el cual mejor no intimar, porque ha empezado a tener la mala costumbre de alzarse con la mina; finalmente nuestro amigo Cañones, solo.

No es un epicúreo. Sus conquistas amorosas se ven siempre frustradas por la aparición de algún amigo o detalle perteneciente a la otra cara de su vida falsa. Otros vicios tampoco le causan placer; los frecuenta hasta el aturdimiento. Si juega, no para hasta quedar dormido sobre el tapete o hasta perder el último centavo; si bebe, busca la inconsciencia. Estas costumbres, que difícilmente hagan feliz a nadie, lo han dejado flaco, pálido, extenuado. Más que un artero inmoral nos parece un desconcertado amoral.

Como al gaucho, como al malevo, lo extrañaremos cuando desaparezca. Sin pensar que hayamos tenido algo que ver con sus desgracias, por supuesto. Sin creer que también al próximo tipo que el tiempo y el país nos deparen se lo puede reconocer en citas de Scalabrini Ortiz o Macedonio.


* Publicado en Clarín Revista el 8 de julio de 1971.

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